Funcionarios cincuentones

Por Javier Segura del Pozo
Médico salubrista

Si en el imaginario público “funcionario” es un antónimo de “rebelde” (ver:  Se puede ser rebelde y funcionario a la vez, y no estar loco (?) ), al juntar dos palabras, como “funcionario” y “cincuentón”, evocamos una imagen muy poco dinámica y atractiva sobre nuestros Servicios Públicos. Pero la realidad es que estos son sostenidos hoy en día por funcionarios cincuentones. Son en su mayoría empleados públicos pertenecientes a una misma generación: la nacida en los años 50, y que se incorporó en los años 80 a las Administraciones Públicas. La misma que además tiene ya la mente puesta en la cercana (?) jubilación. Es mi generación.

20min_func vasos

Imagen de una manifestación de funcionarios. Foto: http://www.20minutos.es

El flujo de incorporación de nuevas promociones de funcionarios ya se había estrechado antes del inicio de la crisis (la de los nacidos en los 60 y 70). Las ofertas públicas de empleo, y las correspondientes oposiciones se espaciaban. Y las plazas por oposición menguaban. Sin embargo, la puñetera crisis ha servido de excusa[1] para exacerbar esta situación, congelando las contrataciones y no reponiendo a los funcionarios que se jubilan o dejan su puesto. Es decir, no solo no se incorporan nuevos y jóvenes, sino que cada año hay un goteo continuo de jubilaciones (cuyos puestos vacantes se amortizan, es decir, se eliminan) y, por lo tanto, hay un progresivo vaciamiento, envejecimiento y debilitamiento de los servicios públicos.

La consecuencia es que tenemos oficinas, centros de salud, hospitales, escuelas, universidades, bibliotecas, juzgados, centros sociales, oficinas de empleo, incluso, centros deportivos, comisarías de policía, parques de bomberos, etc., cada vez más vacíos, y atendidos cada vez más por “canosos” y “canosas” [2]. En los que el escaso “joven” de turno es alguien que acaba de cumplir… los 40 años (!). Veinteañeros y treintañeros a veces existen, pero son especimenes muy difíciles de encontrar. Y si existen, tienen unas condiciones de empleo muy vulnerables y frágiles.

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…tenemos oficinas, centros de salud, hospitales, escuelas, bibliotecas, juzgados, […], etc., cada vez más vacíos, y con cada vez más “canosos” y “canosas”, en los que el escaso “joven” de turno es alguien que acaba de cumplir los 40 años (!).

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No quiero con esto quitar valor, ni mucho menos, a la veteranía de una meritoria generación que, como dije en un anterior post , ha contribuido, con su compromiso por lo público y su vocación social, a la “Transición Democrática”. Además de: construir el Estado de las Autonomías, apuntalar los ayuntamientos democráticos y empujar las reformas de la Educación, la Sanidad y los Servicios Sociales públicos en los años 80 y primera parte de los 90 (ver: No olvides que habías venido a desecar la ciénaga (VI): La epoca de expansión de la salud pública española y madrileña).

 orgulo de ser funcioanrio

Orgullo de funcionario

El problema es que nos han dejado solos a los cincuentones. Con la sensación de que los funcionarios somos una especie en extinción. Nuestros lugares de trabajo son sitios tristes, donde no hay jóvenes que nos alegren la vista o nos provoquen con su ingenuidad e idealismo. Que nos desafíen intelectualmente con preguntas difíciles y que pongan en cuestión lo dado, lo instituido. Lo que en su día tuvo sentido, pero que ahora hay que revisar.

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…Nuestros lugares de trabajo son sitios tristes, donde no hay jóvenes que nos alegren la vista o nos provoquen con su ingenuidad e idealismo. Que nos desafíen intelectualmente con preguntas difíciles y que pongan en cuestión lo dado, lo instituido. Lo que en su día tuvo sentido, pero que ahora hay que revisar.

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 enanos canosos

En los servicios públicos nos sentimos más enanos  (ver: No olvides que habías venido a desecar la ciénaga (VIII): la alianza de enanos) y más canosos

 No hay jóvenes a los que podamos trasmitir nuestro conocimiento y experiencia[3]. O como se dice ahora: nuestro “know-how”. El saber que es fruto de la experiencia y que no se transmite en las aulas, en las universidades, ni en los libros. El saber más artesanal. Incluido, el que da cuenta de los trucos para sobrevivir en una administración, tan compleja y tan tendente a la burocratización y el conformismo. El saber de cómo empujar un proyecto de cambio en una institución. De cómo transitar por la espesa y amenazadora selva de lo técnico-político.

Por otra parte, el no tener jóvenes trabajando con nosotros, nos dificulta el captar los sutiles cambios culturales y sociales que se han dado en los últimos años y conocer como podemos llegar más eficientemente a estas nuevas generaciones: qué cambios debemos introducir en nuestro lenguaje, en nuestras actitudes, en nuestra escucha, en nuestra oferta de servicios, cuando intervenimos en la salud, en la educación, en el urbanismo, en los hábitos etc., cuando queremos dar herramientas para evitar riesgos y prevenir problemas.

 abuelos

Si se retrasa cada vez más la jubilación y siguen sin incorporarse funcionarios jóvenes, ¿será esta la imagen de los servicios públicos del futuro?

Al no tener necesidad de renovar y definir nuestro conocimiento, y poner a prueba nuestro compromiso social con lo público, y al tener la jubilación tan cercana, es más fácil que nos conformemos y nos adocenemos. El ambiente lo favorece. Parece que estamos en autenticas pre-residencias de ancianos y que los responsables de esta situación (los que nos gobiernan/los que nos dominan) esperan que cada vez quedemos menos y más viejos, débiles, chochos (dentro de poco, seremos cada vez más “funcionarios sesentones”) y peor pagados. Y que el último que quede, al irse [4] cierre definitivamente la puerta y ponga el cartel de “Cerrado por derribo”.

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[1] En un próximo post compartiré mi reflexión de cómo lo que actualmente se visibiliza más claramente (servicios públicos menguados con funcionarios cincuentones, noticias sobre corrupciones y despilfarros, colas de parados, vulnerables desprotegidos y dañados, ciudades con sobredosis de ladrillo y viviendas vacías, brotes epidémicos ocultos e inspecciones desdentadas, arcas publicas vacías, aulas acosadas y empobrecidas, etc.) no es una consecuencia de la crisis actual (es decir, no es un problema coyuntural que ha llevado a decisiones “razonables” justificadas por el déficit de recursos públicos disponibles y para asegurar “la sostenibilidad” de los servicios públicos), sino que tiene que ver con los cambios políticos e institucionales introducidos en los años 90 y ampliados posteriores. Son el fruto de una visión político-ideológica muy concreta que busca el adelgazamiento del Estado y la practica eliminación de los servicios públicos, para ampliar las oportunidades de negocio del mercado. Es decir, de los dueños del mercado: los mercaderes.

[2] La edad media de la plantilla en mi lugar de trabajo actual es de  57 años para los hombres y 54 años para las mujeres.  Cuando empecé hace cinco años era 52 para los hombres y 49 para las mujeres. Dentro de cinco años será…¡de 63 años para los hombres y 60 años para las mujeres!

[3] Es una triste paradoja. Como dije en otro post (ver:  Se puede ser rebelde y funcionario a la vez, y no estar loco (?) ), cuando entramos en la administración a principios de los 80 (en los primeros ayuntamientos democráticos, en las primeras administraciones autonómicas con los funcionarios transferidos del Estado, etc.)  no hubo una buena transmisión intergeneracional de conocimiento por la desconfianza en los funcionarios del franquismo. Ahora, 30 años después, los que tenemos la misma edad que nuestros compañeros mayores de entonces, tampoco podemos contribuir a esta transmisión al no haber nadie que nos escuche o que tome el testigo.

[4] “El último funcionario” (o más probablemente, a la vista de las diferencias de esperanza de vida entre sexos: “la última funcionaria”) puede ser el título de una película o de una pieza histórico-antropológica en un museo de mediados del siglo XIX.

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Un pensamiento en “Funcionarios cincuentones

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