El Barrio vivido (II): La Comunidad barrial

Por Javier Segura del Pozo
Médico salubrista

Sexta vuelta de tuerca a la noción de barrio. ¿Qué elementos son los que hacen a un barrio como un espacio agradable para vivir, lleno de memorias nostálgicas? ¿Qué espacios y redes de relación favorecen una comunidad barrial? Con la ayuda de dos estudiosos del urbanismo (el barcelonés Jose Luis Oyón, que investiga la vida barrial de la Barcelona de entreguerras, y la neoyorkina Jane Jacobs, que define las condiciones espaciales que favorecen esta sociabilidad vecinal), vamos a intentar entender la forja de esta barrialidad. Hoy nos dará tiempo para hablar del papel de las redes de parentesco, paisanaje y vecindad para generar confianza, apoyo mutuo y bienestar en el barrio, además de la vida social favorecida por la copresencia en las escaleras vecinales, las aceras, el tramo de calle y los comercios de proximidad.

La comunidad barrial

Hemos dado muchas vueltas a la noción de barrio y todavía nos queda darle unas cuantas más, pero hay dos elementos esenciales e íntimamente adheridos al concepto de barrio que se repiten en nuestro repaso: clase obrera e inmigración. Los barrios de nuestras ciudades se formaron a partir de la avalancha inmigratoria de las clases populares a las grandes urbes y el nacimiento del proletariado. Por eso, la vida barrial es generalmente la vida de la clase obrera, en la que el proceso migratorio tiene un protagonismo fundamental. Los barrios burgueses, especialmente los de los suburbios acomodados, tienen generalmente una pobre vida barrial.

fabrica

Fabrica catalana (1929). Los barrios populares de la Barcelona de entreguerras se constituyeron a partir de la inmigración atraída por la oferta de mano de obra por la fuerte industrialización impulsada por la Primera Guerra Mundial. Fuente: http://www.alertadigital.com/2015/08/21/el-arancel-catalan/

José Luis Oyón en su estupenda obra “La quiebra de la ciudad popular”[1] confirma la importancia de ambos elementos en la constitución de los barrios de Barcelona y en la sociabilidad barrial. El mundo obrero barcelonés adquiere su personalidad multiforme en el espacio barrial, segmentado según su lengua materna (catalán o castellanoparlante), el origen migratorio[2], la calificación ocupacional (obrero calificado o jornalero) y la jerarquía de la localización residencial (en tres ámbitos: antiguos barrios populares de Ciutat Viella, primera periferia de los antiguos municipios del Llano y segunda periferia de los barrios de nueva creación[3]).

Margaret Michaelis. Mercado de la calle de l’Om (Barcelona) c.1933

Oyón disecciona el origen de la activa vida social en los barrios populares de Barcelona, después del auge económico que supuso para España la primera guerra mundial, y cómo esta “barrialidad” fue decayendo al final de la década de los treinta (no solo por el golpe de estado franquista). La fuerte comunidad barrial que se generó propició una densa sociabilidad y una firme conciencia de clase en estos barrios, que fueron el escenario del auge y declive del sindicalismo revolucionario anarquista, entre otros movimientos sociales. El autor, después de indagar en miles de datos estadísticos censales e historias de vida, concluye que esta comunidad barrial se funda y favorece a partir de cuatro factores: uno temporal (la estabilidad barrial o tiempo de permanencia en el barrio) y tres relacionados con los vínculos barriales (las redes de parentesco, paisanaje y de amistades de vecindario). Las de parentesco y paisanaje son las dos anclas iniciales en el proceso migratorio, que permiten posteriormente general vínculos de amistad y complicidad en el vecindario. Veremos además que estos cuatro factores, a su vez están determinados por el género, la edad, la clase social, la ocupación, el origen migratorio y las características del espacio público barrial.

El primero es el tiempo de permanencia en el barrio o la estabilidad barrial; es decir, una baja movilidad residencial dentro de la ciudad favorece una sociabilidad vecinal. Al igual que ocurrió en el resto de Europa, el control de los alquileres y las medidas de protección de los inquilinos en los años finales de la guerra jugaron un papel clave en la estabilidad domiciliaria. Los distritos más obreros de Barcelona tenían unas tasas de movilidad inferior a la media de la ciudad y bastante más bajas que algunos distritos burgueses. Dentro del proletariado, la estabilidad era mayor entre los obreros cualificados y artesanos frente a los no cualificados, y mayor entre los obreros autóctonos que entre los inmigrantes recientes (especialmente los jornaleros inmigrantes). Si se cambiaban a otra vivienda era mas frecuente que se encontrara dentro del barrio (movilidad intrabarrial) en el caso de los obreros cualificados[4].

El segundo factor es el parentesco. Se elige el barrio donde ya hay parientes que son claves para el aterrizaje en la ciudad. Se empieza viviendo en la misma casa hasta que se encuentra un empleo y una vivienda propia, que generalmente se intenta que esté en el mismo barrio, incluso en las calles próximas. La familia extensa en el mismo espacio barrial juega un papel relevante, tanto en el cuidado de los niños y de los familiares de mas edad, en las tareas domésticas, reuniones y comidas ocasionales de las distintas unidades familiares, como en la información sobre casas de alquiler o sobre trabajos en los alrededores. Estas redes de parentesco eran “matrilocales” es decir estaban vehiculadas primordialmente por mujeres (especialmente por una hermana casada). Además, la abuela materna era un personaje capital al encargarse del cuidado de los niños cuando la madre trabajaba fuera. Como luego veremos cuando hablemos del barrio y los cuidados, la casa y el vecindario más próximo eran los espacios de la mujer y el barrio más extenso era una esfera de mayor participación masculina. Lo que está claro es que cuánto mas estable residencialmente se era en el barrio, más amplias eran las redes de parientes[5]

Niños del barrio chino de Barcelona. Fuente foto: Margaret Michaelis, c.1933

El tercero es el paisanaje. Como en el caso del parentesco, los paisanos y amigos procedentes del mismo foco emigratorio tendían a concentrase en espacios próximos. Ellos constituían la primera “malla de acogida”. Al igual que ocurrió en Madrid, es la razón que en determinados barrios o vecindarios hay un predominio de orígenes migratorios[6]. El cuarto es el vecindario próximo (el de la misma escalera y del mismo “tramo de calle”). Los vecinos de escalera eran los actores y actrices de la sociabilidad informal que desembocaba en una amistad de vecindario. Esta podía consolidarse en la amistad de por vida en algunos casos y permitía desde el cuidado de los niños, los pequeños favores ocasionales, incluido el préstamo de dinero, hasta el simple cotilleo. En el caso de los niños, “los vecinos son los compañeros de juego y correrías desde la infancia, pero también compañeros de escuela, cómplices en el cortejo y hasta camaradas en el sindicato” El tramo de calle era el espacio de la “colla del carrer” o la cuadrilla de amigos de la calle, la forma mas elemental de la sociabilidad informal[7]. Dentro de esta sociabilidad adolescente de cuadrilla se puede situar la vida de banco que mencionamos al analizar el barrio como problema. Al entrar en la edad más adulta (y en el mundo del trabajo) el espacio referencial del tramo de la calle se amplia y la cuadrilla de amigos se acaba dividiendo.

Una característica de los barrios obreros de esta época (no solo de Barcelona) es la tremenda endogamia socio-espacial: el 90% de los enlaces se dan entre vecinos del mismo barrio, en comparación a los barrios burgueses. La endogamia es mayor entre los obreros no cualificados que entre los cualificados . El barrio es pues también el espacio del cortejo por excelencia. Sin embargo, antes que la endogamia geográfica contaba la endogamia social (matrimonio entre la misma clase social) y la endogamia regional (parejas que comparten paisanaje)

Mi tramo de calle

Cuando hablamos del barrio como lugar, mencionamos las subdivisiones del barrio, entre las que se encontraba el vecindario. Este podía equivaler a una urbanización o unas manzanas (el espacio que equivalía administrativamente a una sección censal) y que en términos de población puede suponer entre 1.000 y 3.000 personas. Hay un espacio aún menor, aún más íntimo que es la calle donde vivimos, o incluso el tramo de calle en el que más nos relacionamos, especialmente en nuestra infancia.

Vecinas charlando en el tramo de calle. Fuente: @MejoresTwits

Como antes dijimos, Oyón lo señala como el espacio de juegos de la cuadrilla infantil al alcance de la vigilancia de las madres desde la vivienda. Desde la casa, las madres pueden mirar, llamar, gritar y regañar a los niños y niñas. También es el espacio de la charla al aire libre entre vecinos y vecinas, en las noches de buen tiempo, al regresar de la jornada de trabajo.  No son infrecuentes los recuerdos de charlas y cotilleos sentados en sillas de enea que se sacan a la calle en noches de verano. Es el disfrute del espacio público que se conquista como una continuación del privado de la vivienda, para gozar de la relación con los vecinos-amigos. La proyección al exterior del espacio privado genera la familia ampliada en el vecindario.

En lo cotidiano, es el lugar donde nos encontramos y nos saludamos a la hora de pasar del espacio privado de la vivienda al publico de la calle, camino del trabajo o de la compra. Son espacios generalmente diseñados como lugares de paso pero que se convierten en lugares de estancia. Como veremos, también es el espacio que a veces se engalana en las fiestas del barrio, donde los vecinos ponen el puesto de limonada para recoger dinero para cubrir necesidades comunes. También es el espacio donde aparecen los vendedores ambulantes que lo invaden con sus gritos de calle.

Representación de la obra teatral “Historia de una escalera” de Antonio Buero Vallejo que narra los lazos generados entre familias de un vecindario y que se desarrolla en los espacios comunes de un bloque de viviendas

En los barrios con viviendas pequeñas o hacinadas es el espacio que se habita huyendo de la incomodidad e insuficiencia de la casa, especialmente cuando viene el buen tiempo (o el calor extremo) y se puede decir al atardecer aquello de que “se está mejor en la calle que en la casa”. Por eso cabe la máxima de que cúanto menor es la calidad de la vivienda, menos se encierra la gente en su casa y más habita la calle. Para los más pobres la calle es el recurso fundamental.

Uso de las aceras de las calles como espacio de alivio térmico y sociabilidad vecinal en el cálido verano de Buenos Aires. Fuente: www.nueva-ciudad.com.ar 

Oyón también nos señala “los espacios intermedios” como fundamentales para el desarrollo de la sociabilidad en los barrios. Son los descansillos de las escaleras, el patio de luces, los portales o las azoteas. Estos “espacios intermedios” están llenos de recuerdos de juegos infantiles. Son retratados en la serie de fotografías de Margaret Michaelis en el barrio chino de Barcelona con niños jugando en esos espacios de paso entre la acera y el portal[8] [8b].

Niños del barrio chino de Barcelona jugando en el espacio intermedio entre el portal y la calle. Fuente foto: Margaret Michaelis, c.1933

Estos juegos generan un sentimiento de pertenencia a ese territorio y de diferenciación respecto a otras calles circundantes, que en casos extremos llega a la territorialidad de las bandas de calle y a las peleas entre bandas que se creen dueñas de un tramo de calle. Oyón nos cuenta que en esa época de entreguerras era muy habitual en Barcelona los fotógrafos ambulantes que ofrecían fotos colectivas por tramos de calle en los que quedaban inmortalizadas estas cuadrillas de amigos.

Niños del paraje Piera fotografiados por fotógrafo ambulante. Foto: recogida en el libro de Oyón.“La quiebra de la ciudad popular: espacio urbano, inmigración y anarquismo en la Barcelona de entreguerras, 1914-1936” Ediciones del Serbal. Barcelona, 2008

La vida de las aceras

Es el mismo espacio que Jane Jacobs reivindica cuando en 1961 analiza “La muerte y vida de las grandes ciudades” de EE.UU. [9]. El que un vecindario no sea aburrido ni peligroso tiene que ver con el diseño de ese espacio de proximidad que permita una suficiente densidad social y una vigilancia colectiva. Y ello pasa especialmente por la existencia de anchas aceras y de comercios de proximidad, además de unos edificios de vivienda con fachadas abiertas a la calle, que queda al alcance de las miradas desde las viviendas, desde los comercios y desde los propios peatones de las aceras.

Jacobs dice que: “Normalmente, se sacrifica la anchura de las aceras al tráfico rodado porque convencionalmente, se considera que las aceras son solo espacios destinados al paso de transeúntes y el acceso a los edificios, y no se las considera y respeta como los edificios que realmente son: únicos e insustituibles órganos de seguridad ciudadana, vida pública y educación de los niños”[10]

Unos niños que se hayan educado en las aceras asimilan un tipo especial de sociabilidad y acaban imitando el comportamiento responsable y comunitario de los adultos “(…) indicarán (antes de que le pregunten) la dirección correcta a alguien que se haya extraviado, advertirán a un conductor de que se llevará una multa si aparca ahí, (…)”[11]

Greenwich Village, New York, 1950’s Fuente foto: Getty Images

Esta vida de acera y vecindad nace de los contactos casuales y fortuitos, con gente interesante, “pero con las que no se quiere estar a partir un piñón”. Se quiere construir una relación a una distancia intermedia que permita a la vez la preservación de la intimidad y la ayuda mutua en caso necesario. “Simplemente se genera una relación basada en la convicción casi inconsciente que la calle en general le apoyaría cuando se presente una ocasión para ello (…) Esta convicción tiene un nombre: confianza. La confianza en una calle se hace con el tiempo a partir de muchos y muy ligeros contactos públicos en sus aceras. Sale de las personas que se paran en un bar para beber una cerveza, a las que el tendero aconseja y que aconsejan al quiosquero de la esquina, confrontan opiniones con otros clientes de la panadería y saludan a los dos chavales que beben limonada en el portal y miran a las niñas esperando la hora de cenar, sermonean a los niños, reciben una oferta de empleo del ferretero y toman prestado un dólar al camarero, admiran al bebe recién nacido y lamentan lo viejo que esta el abrigo del otro (…) La mayoría de esto es ostensiblemente trivial, pero su suma no lo es en absoluto (…) La ausencia de esta confianza es un desastre para las calles de una ciudad. Su cultivo no puede institucionalizarse. Y por encima de todo, no implica ningún compromiso privado[12]

Niñas saltando la cuerda en las aceras de South Side Chicago street, 1941. Foto: Russell Lee

Unos años después de Jane Jacob, el urbanista danés Jan Gehl[13] también le da un valor especial a las aceras y a diseñar el espacio entre los edificios (la transición entre lo privado y lo público) para facilitar el contacto entre lo que esta pasando en las viviendas, tiendas, talleres y edificios comunitarios contiguos y aumentar las posibilidades de experiencias vecinales. Por el contrario, las plazas interiores, calles y galerías comerciales privadas son, según Gehl, un ejemplo de urbanismo de cierre, cuyo resultado es la dispersión de la gente y el empobrecimiento del espacio publico[14].

El comercio del barrio

Mucho se ha escrito sobre la importancia del comercio de proximidad en un barrio para asegurar, entre otras mercancías, el acceso a una alimentación saludable a una distancia adecuada de la vivienda, para poder ir andando con el carro de la compra y no tener que usar el coche, especialmente útil para las personas mayores o discapacitadas. Todos tenemos recuerdos de infancia de ir a hacer un recado de última hora, por encargo de la madre, para comprar algo imprescindible para completar la cena.

Colmado Vidal en la calle Unió (Barcelona) 1953 

Pero las tiendas del barrio son también uno de los pilares de la construcción de esta red de relaciones, confianza y de seguridad. Proveen servicios informales de gran valor comunitario. Jane Jacob nos cuenta la costumbre en algunos barrios de Nueva York[15] de dejar las llaves de la casa al tendero para que estén disponibles para amigos o familiares cuando se está ausente de casa, sin temor a que el tendero aproveche estas llaves para invadir su intimidad.

Carniceria de barrio J & N Market Meats, en la esquina entre Prince y Salem Street (North End of Boston), 1980 Fuente: ©Anthony Riccio

Pero la lista de servicios es mucho más amplia para lo que Jacob pone de ejemplo la actividad de la confitería del Sr Jaffe, cercana a su esquina: “El Sr Jaffe, Bernie, y su esposa Ann observaron atentamente a unos cuantos niños pequeños cruzar la calle en dirección a la Escuela Pública 41, cosa que Bernie hace siempre porque sabe que es necesario; dejaron un paraguas a una cliente y prestaron un dólar a otra; se hicieron cargo de dos llaves; guardaron unos paquetes de unos vecinos que estaban de viaje; sermonearon a dos mozalbetes que pedían cigarrillos; dieron direcciones de calles; se encargaron de llevar al relojero de la esquina, cuando abriese, un reloj averiado; informaron sobre el importe de los alquileres a alguien que buscaba piso; escucharon pacientemente una historia de dificultades domésticas y tranquilizaron a la persona afectada; advirtieron a unos alborotadores que no les atenderían si no se comportaban correctamente, definieron y lograron ese correcto comportamiento; proporcionaron media docena de veces, casualmente, su tienda como foro de conversaciones entre clientes que se dejaron caer por allí; apartaron varios periódicos y revistas para sus clientes habituales; advirtieron a una señora que venia a compra un reglo de cumpleaños que no comprara la maqueta de un barco porque otro niño que iba a asistir a la misma fiesta lo iba a regalar; consiguieron un ejemplar del periódico del día anterior del sobrante no vendido en el quiosco de la esquina (esto era para mi)”[16]

La estrecha relación entre presencia de niños en las calles y seguridad ciudadana. Fuente ilustración Frato’03 en el libro de F. Tonucci “La ciudad de los niños”

Los programas de promoción de la autonomía infantil que se desarrollan en Madrid y otras ciudades con el nombre de “Camino seguro a la escuela”[17], se basan en esta idea de Jane Jacobs de favorecer una red de seguridad y confianza vecinal y en las expuestas en el libro “La ciudad de los niños” del italiano Francesco Tonucci [18]. Se promueven reformas urbanas consistentes en recuperar las aceras de las calles, “enfriar” el tráfico rodado, hacer cruces bien señalizados y, sobre todo: promocionar una red de comerciantes de proximidad responsabilizados en la observación y custodia de los niños camino a la escuela.

——

Esta entrada forma parte de la obra “La noción de Barrio”, de la que se han editado hasta ahora las siguientes entregas:

I. INTRODUCCIÓN

II. EL BARRIO COMO LUGAR

  • Barrio y Comunidad
  • Barrio como parte de la ciudad
  • Barrio como periferia
  • No hay barrio pobre si no hay barrio rico
  • Invisibilidad y desvelamiento del barrio
  • La unidad territorial mínima significativa.

III. EL BARRIO COMO PROBLEMA (1ª parte): segregación

  • Barrio como problema urbano
  • Segregar y homogeneizar
  • El poblado
  • Los barrios dormitorios
  • Rehabilitación barrial

III. EL BARRIO COMO PROBLEMA (2ª parte): estigmatización

  • Los chicos de la esquina y la vida de banco
  • El barrio de los canis y de las chonis
  • La delincuencia juvenil y el fracaso escolar
  • Integración social frente a segregación social
  • El barrio estigmatizado.
  • El barrio étnico

IV. EL BARRIO VIVIDO (1ª parte): Mapas mentales

  • El barrio como espacio subjetivo. Los mapas mentales
  • El barrio vivido y el barrio imaginado
  • Vivir en el barrio o vivir el barrio

IV. EL BARRIO VIVIDO (2ª parte): La Comunidad barrial

  • La Comunidad barrial
  • Mi tramo de calle
  • La vida de las aceras
  • El comercio del barrio

IV. EL BARRIO VIVIDO (3ª parte): El ocio en el barrio

  • Fiestas de barrio
  • Bares de barrio
  • El futbol en el barrio
  • El cine en el barrio

IV. EL BARRIO VIVIDO (4ª parte): El barrio de los cuidados

  • El Barrio es de las mujeres
  • Barrio y cuidados
  • El declive del barrio vivido

V. EL BARRIO COMO SOLUCIÓN: del buen vecino a la revolución

  • Barrio y vecindario
  • El buen vecino
  • El barrio tiene nombre, el vecindario no
  • Descentralización y gobierno barrial
  • Barrio como ideología.
  • Las luchas barriales
  • El barrio como lugar de supervivencia
  • El barrio resiliente
  • La ideología de barrio como freno al cambio social
  • Relaciones de poder en el barrio

VI. BARRIO E INSTITUCIONES

  • El barrio de las diferentes disciplinas
  • El barrio en el norte y sur global
  • Conquistar el eje del barrio
  • El barrio telaraña
  • El barrio como lugar de reunión de las instituciones
  • El barrio como mero receptor de la acción comunitaria
  • El papel de la salud comunitaria en la construcción del contrapoder, contracultura y contrainstitución, desde el barrio.

VII. EL TIEMPO EN EL BARRIO

  • Barrio, tiempo y aceleración
  • Barrio como mundo del peatón
  • Barrio y vida cotidiana

VIII. EPILOGO Y CONCLUSIONES

—–

REFERENCIAS Y NOTAS

[1] Oyón, JL “La quiebra de la ciudad popular: espacio urbano, inmigración y anarquismo en la Barcelona de entreguerras, 1914-1936” Ediciones del Serbal. Barcelona, 2008

[2] Tres categorías según el origen migratorio: a) Cataluña b) Aragón, Valencia y Baleares c) Murcia y Andalucía (predominantemente, Almería). El calificativo de “charnego” se reserva al ultimo, y no se aplica a los que provienen de Aragón, a pesar de su lengua.

[3] Los tres niveles serian: a) antiguos barrios obreros y pescadores del centro histórico: Raval, Barceloneta, Santa Mónica y Sant Pere-Santa Caterina; b) antiguos municipios del Llano absorbidos por Barcelona entre 1896 y 1921: Sans, Sarria, Corts, San Gervasi, Gracia, San Andreu Palomar, San Marti de Provenca, etc.; c) Nou Barris, Poble Nou, Horta, Guinardó, etc. y los crecimientos urbanísticos de los antiguos municipios del Llano y de los municipios adyacentes que no fueron absorbidos (San Adria de Besos, Badalona, Santa Coloma de Gramanet, Hospitalet de Llobregat y Prat de Llobregat)

[4] Oyón JL, Ibidem pp 283-295

[5] Oyón JL, Ibidem pp 296-300

[6] Aragoneses, valencianos, baleares, murcianos o andaluces (Almeria), en el caso de Barcelona; castellanos, extremeños, andaluces, asturianos o gallegos, en el caso de Madrid.

[7] Oyón JL, Ibidem pp 302-307

[8] Oyón JL, Ibidem pp 315-322

[8b] Sobre las oportunidades de cooperación en una comunidad de vecinos, cuyo espacio de encuentro es la escalera y el portal, ver el valioso proyecto comunitario de La Escalera que comparte objetivos con nuestra “Estrategia Barrios Saludables” de Madrid Salud (descargarse aquí la Guia elaborada por el equipo de La Escalera como fruto de su colaboracion con el Centro Municipal de Salud Comunitaria de Arganzuela: “Claves para fortalecer las comunidades de vecinos y vecinas”).

[9] Jacobs, J “Muerte y vida de las grandes ciudades”. Capitan Swing. 3ª edición, Madrid, 2013

[10] Jacobs J Ibidem pag 117

[11] Jacobs J Ibidem pag 112

[12] Jacobs J Ibidem pag 83-84

[13] Gehl, J “La humanización del espacio publico”. Editorial Reverte. Barcelona 2013

[14] Ver en este blog: Segura del Pozo, J. “La humanización del espacio urbano (el Urbanismo de la Salud Comunitaria)”. Blog “Salud Pública y otras dudas”. 1 de mayo de 2017. 

[15] Jacob generalmente se refiere a su experiencia en su barriada de Greenwich Village en Manhattan.

[16] Jacobs J Ibidem pag 88-89

[17]Madrid a pie, camino seguro al colé”. Ayuntamiento de Madrid

[18] Tonucci, F. “La ciudad de los niños” Grao, 2015

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