El caso Mariela: apuntes para entender la violencia actual en Colombia

Por Caio Moreira

[En lo que llevamos de año 2020 y con la pandemia de fondo, se han registrado 46 masacres con 185 víctimas en Colombia [1]. Especialmente llamativas han sido las acaecidas este verano en los departamentos del Valle del Cauca (Cali) y de Nariño (Pasto), donde no solo se han asesinado a líderes sociales y ambientales, sino a adolescentes (solo entre el 15 y 22 de agosto, hubo tres masacres en Nariño). Comparto un texto escrito por una persona que por cuestiones de seguridad, aparece aquí con el seudónimo Caio Moreira (tampoco las protagonistas de la narración aparecen con su verdadero nombre). El relato de Caio me ayudó a entender mejor las raíces y expresiones de la violencia actual en Colombia. ¡Prepárense para una dura historia!  Javier Segura del Pozo]

I. INTRODUCCION

Mariela es una mujer de 56 años de edad, casada y madre de tres hijos. El mayor fue asesinado en un pueblo de la vía Pasto-Tumaco hace 4 años. Se desplazó a Cali por amenazas de muerte. Vive en Cali con el esposo, los dos hijos menores y tres nietos: una niña de 14 años hija del difunto, un niño de 10 años y otro de 3 años hijos de su segunda hija y del hijo menor respectivamente.

La madre tiene 69 años y vivía con su compañero en el pueblo donde fue asesinado su hijo. Se desplazó con su compañero a una finca que tienen en la frontera colombo-ecuatoriana en territorio de los indígenas Awa. La casa del pueblo quedo cerrada. No se puede visitar ni arrendar.

Pancitara, resguardo indígena yanacona en el Macizo Colombiano, municipio de la Vega Cauca, 2017. La belleza de los paisajes caucanos o nariñenses, convive con la fealdad de la violencia institucionalizada (por el control de las tierras, los cultivos de coca, la minería y la mano de obra en condiciones de servidumbre extrema). Violencia que sufren sus habitantes y que provoca su desplazamiento a las grandes ciudades próximas, como Cali, donde se alojan en asentamientos precarios (por ejemplo, en las orillas del río) o, posteriormente, en proyectos de viviendas de relajamientos urbanos, que no facilitan la cohesión social, sino el conflicto crónico y la mayor victimización. Fuente foto: archivo personal de Caio Moreira

II. LA VIDA CON LOS AWA

(Mariela)

“Nací en la provincia de Ibarra en el Ecuador. Mi madre tenia 13 años cuando yo nací y ahora tiene 69. Mi madre vivía en territorio Awa en la frontera. Ella se crio con los awa y aprendió con ellos su lengua y sus costumbres. Esas tierras estuvieron ocupadas años atrás por unos españoles que sacaban oro. En la parte alta del rio hay muchos “indios blancos” que vienen de esos españoles.

Los españoles se fueron del territorio y quedaron unos niños huérfanos de dos familias españolas y los indios los criaron. Mi abuela era hija de españoles y mi abuelo era indígena. Los indios les midieron unas tierras (unas 120 hectáreas) y las entregaron con el compromiso de que si dejábamos esas tierras el cabildo las recuperaba.

Yo crecí con los Awa. Cuando cumplí doce años mi madre me envió a Cali a casa de una tía para estudiar en el colegio. En Cali estudié hasta grado 9 y luego hice unos cursos como auxiliar de enfermería en un instituto. Cuando terminé, regresé al territorio Awa y allá trabajé varios años. Un misionero muy mayor que vivía en el Mira, me consiguió una beca para estudiar en Cuba (El instituto donde hizo los cursos en Cali no tenía licencia). En Cuba me gradué y regresé a los Awa; pasaba un tiempo con ellos, otro con mi madre en Nariño y otro en Cali, con mi familia.

Hace unos 25 años llegó al territorio el grupo de “Comuneros del Sur” que eran del ELN [2]. Llegaron por rio y en helicóptero y nos reunieron a todos y nos dijeron “Somos comunistas y estamos en contra del gobierno y a favor del pueblo”.

Estuvieron en algunas temporadas los comandantes. Allá los conocí a casi todos.

Hubo con ellos un tiempo un instructor de apellido gringo. Reclutaron y entrenaron indígenas. Los guerrilleros permanecían aislados en el monte, bajaban muy poco a encargar comida y pedir favores, pero no atropellaban ni le hacían daño a la gente.  Le ayudaban a la gente más necesitada, organizaban mingas para levantar una casa o arreglar un camino y prestaban servicios de salud. Fueron quince años muy lindos, aunque muchos no lo crean. Ellos apoyaron la minga y trabajaban con un sacerdote. Hubo bautizos masivos y matrimonios indígenas. El comandante promovió los bautizos y el registro civil. Él les insistía a los indios que fueran a registrarse a Tumaco que ellos eran colombianos, no ecuatorianos. El les decía “Su patria es ésta, Colombia y aquí empieza el comunismo colombiano. “(señalando el Rio Mira)

La guerra empezó cuando entraron las FARC a disputar el territorio. Al principio hubo una “guerra fría” y cada grupo tenia su territorio y lo respetaba. Después empezaron a matarse y hubo muchos muertos.

Cuando empezaron las negociaciones de paz la cosa se puso peor. Unos decían que estaban en el proceso, pero nunca estuvieron y otros querían entrar. Algunos fueron asesinados por “traidores”. Los que los mataron estaban aliados con el Clan del Golfo que estaba también infiltrado por el paramilitarismo. Los mejicanos los infiltraron a todos. Los que se reinsertaron se fueron una noche dejándolo todo y sin avisar, para que no los mataran “anochecieron, pero no amanecieron”.

Cuando trabajaba en el territorio tenia un ingreso fijo, me pagaban bien y ayudaba a mi mama. Después decidí retirarme discretamente porque “empezaron a preguntar por mi vida en Cali, con quien vivía y demás y no quería que supieran que mi esposo había sido de la policía y mi hijo era policía. Yo no estaba haciendo nada perjudicial para ellos, pero si pensé que me iban a poner bajo sospecha”.

Caserío Misak en el resguardo de Guambia, Silvia, Cauca, 2017. Fuente foto: archivo personal de Caio Moreira

III. EL SECUESTRO, LA MUERTE DEL HIJO Y LA SITUACION ACTUAL

En los últimos años mi madre pasaba parte del tiempo en el pueblo, con su compañero y parte del tiempo en la finca. La casa del pueblo es mía y la casa de Cali también. Hace 36 años compramos un lote en Cali y construimos.

Mi hijo trabajaba en la policía y llevaba 11 años vinculado a la institución. Mi madre nunca estuvo de acuerdo con que él fuera al pueblo porque “este pueblo es un matadero”. La verdad es que él iba muy rara vez a la casa de mi madre.

Tres días antes de su muerte llegó a casa de mi madre. Él iba a pagar unos obreros que trabajaban para él con una máquina para minería. Vendió 50 millones de oro, pagó a los obreros, me dejó siete millones y se llevaba el resto del oro camuflado en un maletín. Llamó a la hija y le dijo que iba para Cali, me abrazó y me dijo “Que Dios me la cuide y acompañe. Si nos va bien me retiro. Estoy cansado de andar en guerras que no son mías. Cuando llegue a Cali la llamo.”

Yo me fui para la casa y no lo vi más. Nos fuimos con mi madre a la reunión con los AWA sobre tierras. Por la tarde empezó a llamarme la hija de él porque no había llegado. Me preocupé, me puse a averiguar y me contaron que seis hombres lo bajaron del bus y se lo llevaron secuestrado en una camioneta.  Al otro día me entró una llamada “tenemos a tu cachorrito. Necesitamos el permiso de Ingeominas para la explotación del oro. Si quieres volverlo a ver nos vemos en la notaria de Tumaco.”

Al dia siguiente pasó por mi casa un primo que venía del campo de traer una yuca y pasó por el pueblo y me dijo que los indios “habían visto un cuerpo amarrado y abandonado, por la vía Indo-Sabaletas, de un muchacho con porte militar y que otros le tomaron unas fotos y las trajeron a la morgue. Decían que el muchacho era hijo de una señora de por acá.”

Mi primo andaba buscando a un sobrino que había desaparecido hacia varios días. El iba para la morgue y yo le dije: “Primo, llévame a la morgue”. El joven de la morgue me mostro la foto y supe que era mi hijo.

“El secuestro de mi hijo lo ordenó un mejicano que trabaja para el clan del Golfo.

Después me contaron en el pueblo que el Mejicano estaba furioso con los que mataron a mi hijo. “La orden era secuestrarlo, no matarlo imbéciles. Nosotros con él solo queríamos que nos diera el permiso de Ingeominas para explotar la mina, pero no matarlo. A ese pelado no había que matarlo. Los indios nos van a quemar las Cocinas porque esa gente es cercana de ellos. Saquen pronto la merca de las cocinas”.

La preocupación mayor de El Mejicano y de otros que estuvieron implicados en el secuestro y asesinato era, según doña Mariela, que en ese momento aparecían todos vinculados al proceso de paz que se estaba discutiendo y que eso iba a complicarles la vida. Ella dice que hubo un grupo muy importante de armados que no quería vincularse al proceso de paz pero que se ampararon en él por un tiempo. Más adelante, cuando se firmaron los acuerdos, hubo mucho muerto porque los disidentes consideraban traidores a los que se desmovilizaban. Por eso los desmovilizados desaparecieron una noche en una lancha sin avisarle a nadie y dejaron todo allá, se llevaron solo lo que tenían puesto.

La ribera del Rio Cauca, que bordea el oriente de Cali, recibe población desplazada desde los años 80. Las casas, al pie de los arboles del fondo, son los ranchos asentados en este humedal sobre el jarillón. Foto de 2006 del asentamiento recién evacuado para construir la comuna Potrero Grande, para realojar a esta población deplazada. Fuente foto: archivo personal de Caio Moreira

Vivienda sobre el jarillón* en 2006 (antes de su desaparición por el traslado de 2008). En sus comienzos, la vida en el jarillón se desenvolvía en un ambiente semirural a orillas del rio, con mucha mayor integración social y sin servicios públicos. (*El jarillón es un localismo usado en Cali para hacer referencia a la barrera que se construyó en la década de los años 60 para evitar que el río Cauca siguiera generando inundaciones en la ciudad. Hoy ese jarillón o farillón se encuentra en peligro por las invasiones que en los últimos 30 años comenzaron a poblarlo. De romperse esta barrera de tierra, la tragedia sería de mayúsculas proporciones, advierten los expertos). Fuente foto: archivo personal de Caio Moreira

IV. SITUACION ACTUAL DE DOÑA MARIELA Y DE PAULINA, SU MADRE

Al día siguiente del asesinato del hijo mayor amenazaron a Mariela y a su familia. Su madre (Paulina) y su compañero se fueron para la finca que queda en la frontera con Ecuador. Ella regreso a Cali con su familia.

1. SITUACION DE DOÑA PAULINA Y SALVADOR, SU COMPAÑERO

Ambos se fueron de Llorente para la finca. Muy ocasionalmente va Mariela a visitarlos.

“La finca se encuentra llegando al rio Mira en lancha 12 horas arriba.   Allá están viviendo actualmente, en un territorio controlado: parte por las disidencias de las Farc, parte por el ELN y parte por el Clan del Golfo.

“Mi mama siembra yuca y plátano y levanta cerdos y gallinas. Salen cada quince días a vender en un sitio que se llama la Bocana, en el Ecuador. Ella, como todos, tiene que sembrar coca, cuidarla y cosecharla cada tres meses. La coca que se siembra depende de la extensión de los cultivos: medio lote de yuca y un lote de coca, dos lotes de plátano y medio de coca, medio lote de piña oromiel y dos y medio de coca. Y así con todo. Mi madre no cuida la coca. Es una mujer mayor de 69 años. Los “armados” la recogen y le reconocen la mitad del precio que reconocen a los otros porque no es una coca “cuidada”. Los “armados” compran toda la coca y el oro que se produce.

“Ellos- los armados- controlan todo allá: se puede salir cada quince días pidiendo permiso y ellos definen quien sale, qué puede traer y cuando y a qué horas debe regresar. Hay que cuidar las cocinas y salir a las marchas cuando convocan. Nadie puede tener teléfono propio: las llamadas se hacen por el teléfono de ellos. Mi madre puede llamar diez minutos cada quince días.

“Ahora con la pandemia son más estrictos con las entradas y salidas al territorio. Al que llegue una hora más tarde lo ponen en cuarentena: 20 días en un rancho en la selva y otros 20 días en otro haciendo oficios: llenar costales con arena del rio para pertrechos, limpiar el plátano y la coca, arreglar los caminos. La ley es igual para todos: hombres y mujeres, viejos y niños. Al que se contagia con COVID19 lo matan.”

Lideres ambientales asesinados recientemente en Cali: A la izquierda, Jorge Enrique Oramas, de 70 años, fundador de la Asociación Biocanto del Milenio y uno de los principales opositores a la explotación minera en el Parque Nacional de los Farallones de Cali. Fue asesinado la noche del 16 de mayo de 2020 en su finca Villacarmelo. Fuente foto: https://sostenibilidad.semana.com/impacto/articulo/quien-era-jorge-enrique-oramas-el-defensor-de-los-farallones/51078. A la derecha: Jaime Monge Hamman, de 62 años, importante líder ambiental, impulsor del Proyecto Pachamama y participante de una organización campesina de la zona. Fue asesinado a mediados de agosto en el corregimiento de Villacarmelo, en la zona rural de Cali. Fuente foto: https://www.semana.com/nacion/articulo/violencia-no-para-asesinan-a-un-lider-ambientalista-en-cali–cali-hoy/695257

2. SITUACION ACTUAL DE LA FAMILIA de MARIELA

Doña Mariela trabaja 15 horas diarias para llevar algo a la casa: tiene una compañía con una amiga que tiene un lote cerca de Navarro y entre las dos levantan pollos de engorde. Les va más o menos bien. Hay un señor que le entrega frutas para que prepare pulpas de fruta y le contrata por producción. En ocasiones ayuda a hacer ensaladas para el restaurante de un amigo.

El esposo y el hijo trabajan ocasionalmente en la construcción que está ahora parada por la pandemia.  El esposo es un hombre mayor. “Es un hombre tosco, grosero y poco comunicativo” dice ella. Después de la muerte del hijo la relación entre ellos es más distante que antes. Cada uno vive con lo que tiene. Hace rato dejamos de decirnos “mi amor”. Es como si él se hubiera “quemado” con el tamaño del dolor por el hijo y actúa solo.

La hija también sufre. Recientemente se ha enflaquecido y se ve triste. También es “bastante terca” vive en el segundo piso de la casa y a veces no baja a comer porque dice que se siente mal de ver su madre trabajando de ese modo para llevar algo de comida para todos. “Ayer me digne yo a subir donde ella y me dijo eso”.

La hija está sin trabajo desde la pandemia. Trabajaba en sistemas se quedó sin trabajo y no la han vuelto a llamar. Está presentando hojas de vida para trabajar “en lo que salga.”

El hijo tampoco tiene trabajo. Generalmente sale con su padre a trabajar al día en la construcción.

“Estamos todos afectados, pero cada uno vive solo y sufre solo. Yo creo que ni mi esposo, ni mi hija, tengan interés o disposición para dejarse ayudar.”

Potrero Grande, comuna de Cali, próxima a la orilla del rio Cauca: Nace entre 2006 y 2008 como proyecto de realojamiento urbano para la población desplazada (la mayoría afrocolombiana, originariamente desplazada de la Costa Pacifica) y previamente asentada en el cercano jarillón.  Diez años después, con el mismo propósito, nace Llano Verde, donde tuvieron lugar los recientes asesinatos de adolescentes. La Foto es de 2010 (archivo personal de Caio Moreira).

IV. SITUACION PERSONAL DE DOÑA MARIELA

“Paso tres y hasta cuatro días sin dormir y llorando, nada me produce alegría ni dolor, me estoy deteriorando, me siento paralizada, solo hago lo necesario, escasamente me baño. Nadie habla con nadie en la familia. Si discuten los de mi casa me quedo como ausente. Vivimos como las ratas, cada uno callado en un rincón. Siento rabia.

Una de las cosas que más me duele es no poder visitar a mi madre, ni hablar con ella ni ayudarle. Podemos hablar cada quince días diez minutos, pero todo lo están oyendo.”

“He intentado suicidarme varias veces y lo he pensado mucho.

Quisiera dejar de existir para dejar de sentir este dolor. Siento el impulso de abandonar lo hecho por él y morir para verlo en otro espacio.

Hace un mes y medio cogí veneno para cucarachas pensando: me tomo esto con un caldo y me muero.  Revolví el veneno con el caldo, me vestí, dejé los papeles listos y en ese momento me recordé del nieto y de lo que dijo mi hijo (el muerto) en la Escuela Simón Bolívar cuando se graduó en la policía:

“Ofrezco esto a mi madre por el valor que tuvo para sacarme adelante. Me crie en un ambiente donde todo es difícil, pero ella no me rebajaba la paliza cuando cometía un error. La voz de mi madre fue siempre la del mando mayor. Ella me enseño a ser recto y es mi ejemplo a seguir”. Entonces pensé que matarme era de cobardes! “

—-

NOTAS

[1] “Informe de Masacres en Colombia durante 2020”.  Observatorio de Conflictos y Derechos Humanos de Indepaz. Con corte el 25 de agosto de 2020.

[2] La presencia del ELN en estos territorios es anterior. Algunos estudios documentados la fijan para los años 70. Las FARC ingresan diez o quince años después.


Si quieres saber más:

“Tres masacres en una semana: ¿Por qué hay tanta violencia en Nariño?”. Video de 17 minutos producido por El Espectador el 22 de agosto de 2020

Justicia y dignidad para Llano Verde. Video de 1´48″ sobre los funerales de las víctimas adolescentes asesinadas el 12 de agosto de 2020 en LLano Verde (Cali, Colombia). Fuente: Grito Rock Cali. https://www.facebook.com/GritoRockCali/videos/934925976988957

La violencia, como parte de la vida cotidiana. Fotografia de Jesús Abad Colorado. Exposición “El testigo. Memorias del conflicto armado colombiano”.

Video de 4’45” de la revista Semana (de Colombia) sobre una foto de Jesús Abad Colorado. Pulsar aquí:  https://web.cloudvideo.com.co/p/106/sp/10600/embedIframeJs/uiconf_id/23448268/partner_id/106?iframeembed=true&playerId=consolePlayer5&entry_id=0_0u610oov&flashvars%5BstreamerType%5D=auto

El fotógrafo Jesús Abad Colorado retrató el retorno a la vida civil de los milicianos de las FARC con su lente. Aquí cuenta la historia de la foto (elegida como portada de la revista), que simbolizó el desarme de algunos miembros de este grupo guerrillero en Tierra Alta, Córdoba, una de las poblaciones más azotadas por el conflicto en el país. “Hace dos años estaba viendo salir a los guerrilleros de las montañas”, relató Abad. 

[EPÍLOGO: Las esperanzas en el inacabado proceso de paz, que no fue apoyado por el actual presidente Ivan Duque, ni su grupo político, están dando lugar a la frustración y al desanimo entre los y las colombianas, y, a la vez, una nueva oportunidad a la permanencia de esa violencia institucionalizada, con la presencia de nuevos actores y nuevas formas, junto con las viejas causas, protagonistas y responsables (por acción u omisión). A pesar de su crudeza, casi pasa desapercibida ante la preocupación por la pandemia, que además favorece el aislamiento y el dominio sobre sus victimas. Los asesinatos son frecuentemente atribuidos por portavoces del gobierno a “luchas internas entre narcotraficantes”, sin querer considerar los complejos determinantes sociales y políticos que están en el fondo. Los mismos que este boicoteado proceso de paz pretendía abordar.  Javier Segura del Pozo]

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