El movimiento Settlement (3): La era progresista norteamericana (1890-1920)

Javier Segura del Pozo, médico salubrista

El rápido desarrollo de los settlements americanos, que precedió al de los centros de salud comunitaria (neighborhood health centers), que vimos anteriormente, no se entendería sin conocer el profundo cambio que sufrió la sociedad estadounidense a finales del siglo XIX. Fue el fruto del surgimiento de una nueva clase social, la clase media, portadora de nuevos valores, que impugnaban los establecidos en la era victoriana.  Esta clase tenía una fuerte vocación de trasformar, a su imagen y semejanza, tanto a las clases trabajadoras, como a las élites del “upper ten” (del diez superior). Su representación política fue el llamado movimiento progresista, cuyo auge y declive tuvo lugar entre 1890 y 1920.

De este movimiento formaron parte figuras tan ilustres como los presidentes Theodor Roosewelt, William Howard Taft y Woodrow Wilson (los tres del Partido Republicano);  las propias “residentes” Jane Addams, Ellen Gates Starr, Florence Kelley (abogada de menores) o Lilian Wald; el teólogo del evangelio social (Social Gospel), Walter Rauschenberg; el reformador Jacob Riis; la activista por los derechos de la población negra, periodista y sufragista, Ida B Wells; el conservacionista Gifford Pinchot; los filósofos John Dewey y William James; los economistas Irving Fischer y Henry George; el educador Abraham Flexner; los sociólogos Fayette Avery McKenzie y Lester Frank Ward; el líder del YMCA, John Mott; el alcalde de Nueva York, Fiorello La Guardia; el gobernador de Wisconsin, Roberto M. La Follete, Sr; los periodistas Walter Lippmann, Herbert Croly, Ida Tarbell y Lincoln Steffens; la activista del control de la natalidad Margaret Sanger; la activista del movimiento de la templanza, Carry Nation; la feminista Charlotte Perkins Gilman o las sufragistas Susan Anthony, Lucy Burns, Carry Chapman Catt, Anne Howard Shaft y Alice Paul. 

Otros personajes, aunque no compartían la visión política reformista de esta clase social, fueron importantes protagonistas de esta era. De un lado, se encontraban los que abogaban por ir más allá de las reformas, e impugnar el capitalismo o la segregación racial, desde el anarquismo, como la filósofa Emma Goldman, o desde el socialismo: como los activistas sindicalistas Eugene V. Debs y Mary Harris “Mother” Jones, el escritor Upton Sinclair o el activista por los derechos civiles, W.E.B. Du Bois. Y en el otro extremo social e ideológico, estaban los millonarios John D. Rockefeller Jr., Henry Ford o Andrew Carnegie. Como se puede deducir de esta lista, una de sus particularidades fue el notable protagonismo de las mujeres.

Para aprender más de este contexto histórico, usaré como principal fuente la magnifica obra del historiador de la universidad de Indiana, Michael McGeer, “A Fierce Discontent. The rise and fall of the progressive movement in America, 1870-1920”[1]

Portada del libro de Michael McGeer, “A Fierce Discontent. The rise and fall of the progressive movement in America, 1870-1920”

La herencia de la era dorada (1870-1890)

Los historiadores llaman la era dorada (the guilded age), el periodo previo de reconstrucción, que siguió al final de la guerra civil americana (1861-1867), en el que se produjo un notable desarrollo industrial, una acumulación intensiva de riqueza en las clases altas, pero también un creciente malestar por las cada vez mas visibles desigualdades sociales en las clases populares, que constituían la mayoría social. En esta era dorada, que va desde 1870 a 1890, el desarrollo industrial vino asociado a la inmigración masiva de mano de obra de Europa y al incremento del proletariado, hacinado en los barrios bajos de las grandes ciudades industriales (Nueva York, Chicago, Boston, etc). 

Esta era se forjó a partir de unos valores que incluían el individualismo, la sacralización de la libertad individual, la admiración al emprendedor y al millonario, el rechazo a toda interferencia del estado en la economía, la segregación de las clases sociales, la estigmatización del pobre, el abordaje de la pobreza desde la caridad y el pauperismo, y una domesticidad, donde las mujeres quedaban relegadas al hogar e imperaba una doble moral masculina en relación a los placeres y la sexualidad. La sociedad no era solamente profundamente clasista y machista, sino que se organizaba a partir de un racismo extremo, que no solo padecían los afroamericanos, recién “liberados” de la esclavitud, sino que iban a sufrir en sus carnes los nuevos inmigrantes del este y sur de Europa. La dominancia social, política y cultural de los descendientes de los anteriores colonos anglo-sajones y protestantes era aplastante[2].

Esta segregación racial y por clases se incrementó en el periodo progresista, fue normalizada por la propia clase media reformista y condicionó la propia configuración urbanística (barrios étnica y económicamente segregados) y las relaciones sociales, tanto en la ciudad industrial norteamericana, como en el extenso área rural. [3].

Conflicto de clases

Al principio de esta era progresista (1890-1920), el conflicto de clase era cada vez más evidente. En un país de 76 millones, el “upper ten”(la élite del 10[4]), no era el 10%, sino apenas el 1 o 2% población. En ellos se concentraban la mayoría de los recursos y las decisiones mas importantes. Los más poderosos eran unas 200 familias con fortunas de mas de 20 millones $, concentradas en el noreste del país, especialmente en el estado de Nueva York, y que llevaban apellidos como Vanderbilt, Whitney, Carnegie, Harriman, Morgan o Rockefeller, el dueño de la Standard Oil[5].

Por contraste, en 1900, mas de la mitad del país (36 a 40 millones) formaban la clase trabajadora que dependía del salario recibido por su trabajo manual. El abismo entre esta élite y la clase obrera era enorme. Frente al individualismo invocado por las elites, la clase trabajadora solo podía sobrevivir con el mutualismo y la reciprocidad para escapar del ciclo de bajos salarios, creciente desempleo, accidentes laborales frecuentes y muerte precoz. En 1900  el salario medio de un típico obrero de una empacadora de Chicago no llegaba al cubrir el 40% de las necesidades de una familia de cuatro[6]. Las mujeres, hijos e hijas de familias trabajadoras tenían que ponerse a trabajar para que pudieran llegar a fin de mes. También, en condiciones lamentables, siendo el ejemplo mas palmario de explotación laboral femenina e infantil, el trabajo en el sistema de sweatshops de la industria textil, una red de talleres infames y criminales para la salud, que se multiplicaron por los barrios proletarios de Nueva York o Chicago. 

Sweatshops (talleres de confección textil) en los bloques de viviendas obreras (tenements). Izquierda: Mujeres y niña rematando pantalones. New York City, hacia 1900. Fotografo: Jacob Riis. Cortesia de Museum of the City of New York. Derecha: Niño italiano cargando co un fardo de ropa. New York City, hacia 1910 Fotografo: Lewis Hine. Cortesia: Eastman House. Fuente: https://americanhistory.si.edu/sweatshops/history-1880-1940

La infancia obrera era breve, las criaturas tenían que madurar rápidamente y abandonar pronto la escolarización. Por el contrario, la juventud obrera tenía que vivir con sus padres más tiempo, para ayudar al difícil mantenimiento de la unidad familiar y abstenerse de todo gasto considerado superfluo. Los limites al tiempo libre y al gasto, en una sociedad con una creciente atracción hacia los placeres y los objetos de consumo, generaba frustración, alcoholismo y violencia doméstica. Las únicos ámbitos  donde se desarrollaba la sociabilidad popular eran los bares, billares y salones de baile, asociados por la burguesía a la prostitución, el alcoholismo y el crimen.

Defensa sindical

En este contexto de explotación, la afiliación sindical se incrementó (de 447.000 afiliados en 1897 a 1.125.000 en 1901), aunque no estuvo asociado a un auge paralelo de los votos de los partidos socialistas. Por otra parte, el sindicalismo norteamericano estaba atravesando por tensiones y antagonismos por diferencias entre razas, etnias y religiones. También había un rechazo a incluir las reivindicaciones de las mujeres trabajadoras, a quienes muchos sindicalistas consideraban una competencia desleal por los menores salarios. Eso estimuló a la formación de lo primeros sindicatos femeninos.[7]

Aun así, hubo iniciativas de unidad sindical, que fueron capaces de organizar las primeras grandes huelgas, como la huelga de ferrocarriles de Pullman en 1894 (donde Jane Addams intentó mediar sin éxito) o la huelga minera de antracita de Pensilvania, en mayo de 1902[8]. Los empresarios tuvieron que emplear métodos poco democráticos para reventarlas, incluida el matonismo, la apelación a la intervención del ejercito o la amenaza de despido hacia los obreros que se afiliasen. 

Grabado de una escena de la huelga de ferrocarriles Pullman, donde se ve la salida de un convoy de los almacenes de Chicago, escoltado por un regimiento de caballería, ante el disgusto de los huelguistas. Julio, 1894. Fotógrafo: Everett Collection

Además, contaron con la ayuda de la judicatura, la mayoría de cuyos jueces eran de clases altas y defendían los intereses de la propiedad frente al trabajo.  Consideraban el mutualismo obrero como una amenaza contra su autoridad y contra los valores del individualismo consagrados en la Constitución. Ante el sacrosanto derecho de la libertad de empresa, no cabían los intentos de limitar por ley la jornada laboral a un máximo de horas, imponer un salario mínimo o prohibir que los empresarios despidieran trabajadores por haberse sindicado. Mucho menos, las acciones de piquetes o los boicots a empresas, que llegaron a ser denunciados utilizando la Ley Sherman Antitrust, creada para poner limites a los monopolios de las grandes empresas y después reinterpretada judicialmente contra las organizaciones sindicales. Los tribunales no podían negar el derecho de huelga, pero podían reventarlas neutralizando las armas de lucha sindical (como las huelgas de solidaridad o los boicots), dictando “injunctions”, es decir, mandatos judiciales personalizados, ordenando a miles de trabajadores que no formaran piquetes, que no hicieran marchas, asambleas o lanzaran gritos contra los esquiroles[9].

El intento de los reformistas de clase media, como el presidente Roosevelt o Jane Addams, de introducir un modelo de mediación en conflictos laborales que pusiera fin al conflicto de clases, y que tuvo su expresión exitosa en la resolución de la gran huelga de antracita de mayo 1902, fue un fracaso en términos generales. Especialmente, por la soberbia y avaricia del empresariado, la complicidad de la judicatura y la oposición de una parte del mundo sindical a estos objetivos interclasistas, al considerar la huelga y la organización de los trabajadores, como instrumentos para derribar el capitalismo y constituir un nuevo orden[10].

Portada de la autobiografia de Mary Harris “Mother Jones” (1837-1930), maestra de origen irlandés y hábil organizadora sindical y comunitaria, de ideología socialista

El modelo sindical de los reformistas consiguió algunos valiosos avances en relación a la protección la mujer y de la infancia en el ámbito laboral [11], pero no amortiguó el conflicto de clases, ni las crecientes desigualdades sociales.

La ardiente insatisfacción de la clase media

Entre la clase privilegiada y la clase trabajadora, se encontraba una clase media, que representaban en 1900 entre 12 y 16 millones (un 20% de la población)[12] y que estaba insatisfecha[13] con este clima de enfrentamiento de clases, y disentía tanto de la ostentación y egoísmo del upper ten, como de las aspiraciones revolucionarias del proletariado. Este 20% fue muy activo en ir forjando un nuevo marco mental de la educación, la moral, la cultura, la moda, el ocio, los estilos de vida, las relaciones entre géneros, el papel de la administración pública, la protección del consumo o la ética pública. En ellos, estaba incluido un enfoque más exigente de la salud pública, de promoción de la higiene (incluida, la higiene alimentaria, sexual, maternoinfantil, laboral, urbana y de la vivienda) y valoración de los beneficios del contacto con la naturaleza. En esta rebelión por esa insatisfacción personal y social, la mujer tuvo un protagonismo especial.

Carry Nation (1846-1911), abanderada del movimiento por la templanza (grupo de presión puritano por Ley Seca), portando su famoso hacha, que descargaba sobre los bares donde se vendía alcohol. A la derecha: con otras militantes , retratadas con gesto adusto ante un cartel con la siguiente amenaza: “Labios que tocan el licor, no tacarán los nuestros”. No comment!

La mujeres de clase media rechazaban parte de los valores victorianos en crisis, buscando cuatro objetivos: combatir la doble moral masculina, maternidad responsable, aligerar la carga doméstica y más oportunidades públicas. El primero, era eliminar la llamada “doble moral”, a través de una cruzada femenina contra prostitución, pornografía, alcoholismo y juego, que eran tolerados y/o consumidos por ese hipócrita mundo masculino, que a la vez pretendía o predicaba una contención del deseo sexual o la sobriedad. El segundo objetivo era reivindicar “la maternidad voluntaria” a través de la planificación familiar y la higiene sexual. El tercero era aligerar su carga domestica, introduciendo electrodomésticos o los  nuevos métodos organizativos del movimiento de la “economía domestica”. Y finalmente, el cuarto era  aumentar sus oportunidades públicas, mediante el movimiento de clubs de mujeres, el sufragio femenino y el trabajo fuera del hogar, generalmente como como funcionarias o educadoras[14].

Surge un nuevo estereotipo de belleza y moda femenina norteamericana, más libre, autónoma, coqueta y amante del placer, representada por las viñetas de las llamadas Gibson Girls, dibujadas por Charles Dana Gibson. A medio camino entre las rígidas mujeres victoriana “esculpidas en acero” y el estereotipo de las descaradamente sexuales y voluptuosas mujeres de clase proletaria. 

Modelo femenino: Gibson Girls de Charles Dana Gibson

En el caso de los modelos masculinos, se empezó a valorar el cuerpo más fuerte y musculado, próximo al ideal de belleza de la Grecia clásica, pero que combinaba al “hombre perfecto” con el “perfecto caballero” (gentleman). Un ejemplo, fue el furor provocado entre ambos sexos, por la llegada a EE.UU del culturista prusiano Eugene Sandow, en 1893, y que, seguramente, multiplicó la visita a los gimnasios, el uso de mancuernas y los ejercicios de higiene corporal al aire libre[15].

Modelo masculino: El canon griego de belleza de Eugene Sandow (1867-1925)

Las batallas que libraba esa nueva clase media eran diversas y podían manifestarse en diferentes formas y frentes: algunos por la sobriedad o el sufragio femenino, otras contra el trabajo infantil o la prostitución, otras a través del trabajo local desde los settlements o en clubs de mujeres. Unas iban dirigidas a educar, aliviar e integrar a las clases trabajadoras, otras a limitar el poder obsceno y amenazante de la clase privilegiada (“upper ten”). 

Confrontando el Big Business

Entre estas, se encontraban los intentos de limitar a las grandes corporaciones (el Big Business). Ante la opinión pública empezaba a visibilizarse las tres amenazas de las empresas, de cada vez mayor escala, del petróleo, el acero, los ferrocarriles, las materias primas o la industria alimenticia, que incluso chocaban con los sagrados valores constitucionales de libre empresa e individualismo. Por una parte, eran un peligro para la competencia de las mas pequeñas; por otra parte, incrementaban la interdependencia económica de la pretendidamente individualista ciudadanía, sujeta a la compleja red industrial y financiera de las mismas; y, finalmente, amenazaban los recursos naturales con su sobreexplotación. 

Hubo cinco abordajes de estas amenazas. Dos en los extremos: desde el laissez-faire (no hacer nada y dejarlo “en manos del mercado”), hasta la invocación al socialismo y la propiedad de los medios de producción. Entre medias, se plantearon varias formas de intervención gubernamental: las leyes anti-monopolios(antitrust), la regulación o las compensaciones por vía de impuestos.

Casos paradigmáticos fueron las batallas antitrust de Roosevelt contra la Standard Oil de Rockefeller o contra el monopolio de ferrocarriles de la Northern Securities Company. Las iniciativas de regulación más destacadas fue la ley para asegurar la pureza de los alimentos y los medicamentos (The Pure Food and Drug Act), dictada al poco de editarse la novela de Upton Sinclair, “La Jungla”, que destapaba las practicas higiénicamente repulsivas de la industria cárnica de Chicago. Para su aplicación se creó la oficina federal que daría lugar a la famosa y prestigiosa Food and Drug Administration (FDA). Tanto reformistas, como socialistas[16], vieron en la lucha por la defensa de los derechos de los consumidores una oportunidad de movilizar toda la escala social, al compartir los intereses por la pureza de los alimentos y de otros bienes de consumo. 

Portada de La Jungla de Upton Sinclair

Junto con las batallas por los consumidores, las clases medias, cada vez mas seducidas por el valor de la naturaleza y el movimiento de la vida rural (Country life movement) abrazaron el conservacionismo y la lucha por preservar los recursos naturales. Apoyando la creación de reservas nacionales de parques y bosques y una oficina federal (Forest Service), a instancias del presidente Roosevelt y gestionada por Gifford Pinchot. La condena del individualismo, que también estaba en el origen de la contaminación y destrucción de estos parajes nacionales, cuyo bien común se restaba de la herencia de las siguientes generaciones, era típico del ideario progresista.

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Este texto forma parte de la serie llamada: “¿Es la “Salud Comunitaria” un mero sinónimo de “Salud Pública”?, iniciada en julio de 2020 en este blog. Estas son las entregas ya publicadas:

  1. ¿Es la “Salud Comunitaria” un mero sinónimo de “Salud Pública”?
  2. Los múltiples nombres de la Salud Pública,
  3. La Medicina Social no tiene por qué ser Socialista
  4. Salud pública, atención primaria y salud comunitaria: tres ramas del mismo árbol.
  5. Hospitales, dispensarios y laboratorios: auge y declive de los dispositivos de salud colectiva
  6. El hospital: de moridero de pobres a templo de la medicina.
  7. El dispensario: la prehistoria del centro de salud.
  8. El movimiento de los centros de salud comunitaria de EE. UU. (1): El experimento de la Unidad Social
  9. El movimiento de los centros de salud comunitaria de EE.UU. (2): La primera ola (1910-1940)
  10. El movimiento de los centros de salud comunitaria de EE.UU. (3): Jack Geiger y la segunda ola (1965-hoy)
  11. El movimiento Settlement (1): de la caridad al activismo social
  12. El movimiento Settlement (2): Toynbee Hall y Samuel & Henrietta Barnett
  13. El movimiento Settlement (3): La era progresista norteamericana (1890-1920)
  14. El movimiento Settlement (4): Jane Addams y la incubación de Hull House
  15. El movimiento Settlement (5): Hull House
  16. El movimiento Settlement (6): Henry Street House y Lilian Wald

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NOTAS Y REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


[1] Michael McGeer, “A Fierce Discontent. The rise and fall of the progressive movement in America, 1870-1920”, Oxford University Press, New York, 2005, 396 pag.

[2] Al escribir en junio de 2021 este párrafo, os podéis imaginar la sensación que me queda al pensar que la enumeración de estos mismos valores podían ser aplicado a nuestro panorama social y político actual madrileño (¿español?), en el que se invoca “la libertad”…frente “al comunismo o socialismo” (!). El que las dialécticas individualismo/mutualismo permanezcan y se reverberen 150 años después, más que desanimarnos, nos debe servir para darle valor al conocimiento histórico y al aprendizaje de las ideas y estrategia de los activistas sociales de entonces, que se enfrentaban a los mismo argumentos y argucias de las clases dirigentes para conservar y aumentar sus privilegios, con menosprecio del coste en la salud colectiva y el bienestar social de la mayoría.

[3] Ibidem, pag 182-220

[4] El termino original fue “the Upper Ten Thousand” (la élite de los diez mil) que se simplificó a “The Upper Ten”. Se refería a los 10.000 residentes mas ricos de la ciudad de Nueva York. La frase fue acuñada en 1844 por el poeta y autor Nathaniel Parker Willis. Pronto el término se usó para describir las élites sociales de toda las grandes ciudades norteamericanas (Fuente: Wikipedia en inglés)

[5] Al contrario de lo que pudiera parecer, los progresistas apoyaron la segregación racial, bajo el argumento de que era una forma de frenar los conflictos sociales y de proteger a los grupos más débiles (especialmente, de los crecientes episodios de linchamientos de negros que se extendieron en el sur, espoleados por un miedo irracional a la competitividad sexual negra). Aunque en realidad, no dejaban de estar influenciados por las ideas eugenésicas y de superioridad racial anglosajona, imperantes en la época. Apoyaron las llamadas leyes Jim Crow, que legalizaron de jure, el apartheid existente de facto entre blancos y negros. Bajo el lema “separados, pero iguales”, apoyaron la separación en barrios, escuelas, hoteles, transportes, espectáculos o tipo de ocupaciones. Obviamente, los espacios dedicados a la población negra no era iguales, sino inferiores (esta fue abocada a situaciones de menor poder, menor riqueza, menores oportunidades, peor escolarización, peor sanidad y menor respeto). La marginación de los esclavos recién liberados, se completó con las maniobras de privación del derecho de voto (disenfranchement, por ejemplo, dificultando el registro electoral), justificado por el hecho de que 9.923.000 afroamericanos (el 90% de la población negra) vivía en los estados del sur, donde representaban el 32% de la población (y del potencial voto). Las respuestas a esta consolidación del racismo, fue desde la acomodación defensiva, representada por Booker T Washington y su “compromiso de Atlanta”, al rechazo radical a este sistema, representado por los activistas por los derechos civiles, W.E.B. Du Bois e Ida B Wells y el “movimiento de Niágara”, que acabó convirtiéndose en la National Association for the Advancement of the Colored People (NAACP). Como parte de esa peculiar y contradictoria visión progresista, los settlements (o establecimientos) tuvieron una postura ambigua con la segregación racial, como reconoció años más tarde (1930) la propia Jane Addams . Aunque tanto Lilian Wald, como Jane Addams fueron cofundadoras del NAACP, hubo muy pocos establecimientos que sirvieran a blancos y negros, de forma integral. Según, Louise de Koven Bowen, amiga y socia de Jane Addams, no hicieron grandes esfuerzos por cruzar las barreras raciales y promover la asociación interracial. Según ella, los afroamericanos “no siempre eran bienvenidos de forma cálida en Hull House”. En el caso de Lilian Wald, considerada la fundadora de la enfermería comunitaria, aunque inicialmente hizo un esfuerzo por incorporar alguna de las escasísimas enfermeras negras licenciadas, como Elizabeth Tyler, al establecimiento de Henry Street House, estas acabaron trabajando desde establecimientos separados y raciamente homogéneos, situados en barrios negros de Nueva York (como la Black Nurses of the Stillman House en San Juan Hill). McGeer, op cit, pag 182-202.

[6] Ibidem, pag 15-20

[7] Ibidem pg 32

[8] Convocada por el sindicato minero United Mine Workers (UMW), mas de 140.000 trabajadores la siguieron disciplinadamente, abandonado durante mas de tres meses (agosto a octubre) sus ocupaciones en los campos de antracita. El precio de ésta se disparó en todo el noroeste de la nación, causando graves problemas de abastecimiento que puso en jaque la vida económica y cotidiana en ciudades como Nueva York . A pesar de la obstinada negación de los empresarios a una mediación y al reconociendo de los sindicatos como interlocutores, el gobierno se vio obligado a intervenir y a dictar un laudo obligatorio, que incluyó un aumento del 10% del salario y una reducción de la jornada laboral de 10 a 9 horas (Ibidem, pag 118 A 125)

[9] Ibidem, pag  143-144

[10] Se formaron nuevas organizaciones con vocación interclasista “para estudiar los problemas de la sociedad industrial” y mediar en los conflictos, como la National Civic Federation, en Chicago. El principal sindicato American Federation of Labor (AFL) aceptaba el capitalismo y era propicio a la negociación con los empresarios. Sin embargo, tenia una visión muy limitada de la unidad obrera al negar la afiliación a los trabajadores no cualificados. En 1905 el mundo sindical más ambicioso y revolucionario converge en una nueva organización sindical: el Industrial Workers of the World (IWW), fundada en Chicago por sindicalistas de diferentes familias políticas. Desde la socialista, representada por Mary Harris “Mother Jones” (maestra de origen irlandés y hábil organizadora sindical y comunitaria de ideología socialista), Eugene Debs (fundador y líder del partido socialista desde 1901, que antes de abrazar el marxismo, fue uno de los dirigentes sindicales de la huelga de Pullman, y después fue varias veces candidato a las elecciones presidenciales por el partido socialista, llegando a conseguir el 6% de los votos totales en 1912) y Daniel DeLeon (líder del partido laborista socialista, Socialist Labor Party), hasta la anarquista o la sindical radical, representada por William D. “Big Bill” Haywood, secretario del sindicato minero WFM (Western Federation of Miners). 

Las tensiones entre estrategias diversas: bien de relegar la acción política a los partidos socialistas, defendida por Daniel DeLeon, o de adoptar formas de “acción directa” (generalmente pacificas, como huelgas, propaganda, mítines en la calle, sentadas u otras manifestaciones de resistencia pasiva) para impugnar el capitalismo, defendidas por los más radicales, acabaron por provocar la salida de los socialistas y dejar a los defensores de la acción directa y la democracia industrial (los obreros elegían sus propios gerentes), como Haywood, liderando la IWW. Sus miembros adquirieron fama de radicales, a pesar de asemejarse sus formas de lucha a las de los sindicatos europeos, y se denominaron “los Wobblies” (Fuente: McGeer, op cit. pag 140-143 y Wikipedia en inglés)

[11] Los tribunales se opusieron menos a las leyes para limitar el horario de la jornada femenina o para imponer una edad máxima en el trabajo infantil, al considerar como “seres débiles” a la mujer y la infancia, y por lo tanto, sujetos a la tutela del Estado. Por ello, en estos casos, se justificaba la intervención protectora del estado, que no colisionaba con la libertad individual del empresario. Por el contrario, los trabajadores no podían ser objeto de protección y se consideraba que competían en igualdad de condiciones que los empresarios en el mercado de trabajo.

[12] Ibidem, pag 43.

[13] Esta insatisfacción es la que justifica el titulo del libro: A fierce discontent. Es decir, un descontento ardiente o feroz. Y se basa en un significativo discurso que dio el presidente Roosevelt en 1906, en el que advertía contra ir “demasiado lejos” en las demandas de reforma social. “Mientras este movimiento de agitación que atraviesa el país, tome la forma de un descontento ardiente (fierce discontent) con el mal, de una firme determinación de castigar a los autores del mal, sea en la industria o en la política, el sentimiento será bienvenido de corazón, como un signo de vida saludable. Pero Roosevelt advierte contra crear una separación entre los desheredados y los afortunados: “…una mera cruzada de apetito contra apetito,…una lucha entre la brutal avaricia de los desposeídos (the have-nots) y la brutal avaricia de los prósperos (the haves)”. Por si hubiera dudas sobre su rechazo a la lucha de clases y su apoyo al sistema capitalista, al final aboga por que el pueblo acepte “la inevitable desigualdad de las condiciones”. Ibidem, pag 176

[14] En 1900 había cerca de un millón de mujeres empleadas en “ocupaciones de cuello blanco” incluido la enseñanza, trabajo de oficina y ventas. Ibidem, pag 52

[15] Ibidem, pag 73.

[16] Acordémonos como el socialista Wilbur Phillips, impulsor de los centros de salud comunitaria y del experimento de la Unión Social de Cincinatti, acabó siendo en los años 20 uno de los impulsores del movimiento de consumidores,  a través de la “Fundación de Consumidores y Productores” y la creación de “comités de guía de los consumidores en su compra de alimentos”

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