El Barrio como problema (I)

Por Javier Segura del Pozo
Médico salubrista

Vamos a darle la tercera vuelta a “La noción de barrio”. Es frecuente la asociación de la palabra barrio con conceptos como gueto, área pobre, peligrosa, inseguridad, delincuencia juvenil, inmigrantes, peleas callejeras, crimen, drogas, negocios ilegales, desorden social, conflictividad, chabola, insalubridad, contagio, etc. Es decir, el barrio es frecuentemente pensado como un problema urbano. Es la excrecencia o la parte enferma de la ciudad, de la que uno no se siente orgulloso y que es mejor esconder, mientras se decide qué hacer con ella. Pero la enfermedad tiene un origen y una lógica que la cronifica. El barrio como problema es el resultado de un proceso inmunitario cíclico de segregación, estigmatización y rehabilitación. Se supone que la “selección natural” determinará quién se queda y quién se libera del barrio-problema.

El Barrio de las Injurias en el Madrid de 1906. El periódico ABC se dignó a desvelarlo y fotografiarlo unos días antes de ser desalojado y desmantelado. Era uno de los arrabales vergonzantes del Madrid de los palacetes del Paseo del Prado y del Ensanche burgués. Estaba situado cerca de la actual plaza de Pirámides. Es mencionado en la novela “Mala Hierba” de Pio Baroja: “El barrio de las Injurias se despoblaba, iban saliendo sus habitantes hacia Madrid…Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de hambre; casi todos de facha repulsiva. Era una basura humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad y la miseria” Fuente:  Revista “Blanco y Negro” del periódico “ABC” de 8 de septiembre de 1906

Barrio como problema urbano

Desde diversas teorías sociológicas y culturalistas (teoría de la desorganización, del desvío o la marginalidad), el barrio es “el problema urbano” frente a “la parte normal” de la ciudad, y sus pobladores son “grupos desviados” a estudiar e integrar. Se naturaliza al slum o barrio bajo, pues se concibe como una consecuencia irremediable del crecimiento urbano de la ciudad industrial. Un residuo urbano donde se encuadran los residuos sociales. Aunque desde esta perspectiva el barrio bajo no se puede eliminar, sí se debe controlar su nivel de pobreza, marginación, insalubridad y potencial contagio; y si hace falta, amputar (desmantelar) las partes más “gangrenadas”.

Como tal territorio-problema, el barrio da empleo a cientos de investigadores, funcionarios y profesionales de diferentes disciplinas (urbanismo, ingeniería, sociología, geografía, antropología, ecología, trabajo social, promoción de empleo, pedagogía, enfermería, medicina, etc.) contratados por las instituciones para diagnosticar, entrevistar, estudiar, observar y medir al barrio y sus gentes, con el fin de proponer soluciones para mejorar su “integración” en la ciudad.

En los años 20 y 30 del siglo pasado, la naciente ecología humana se interesó por el barrio siguiendo los esquemas que aplicó en el medio rural. En el medio urbano, el barrio puede ser concebido como un espacio en el que se dan determinadas relaciones entre “el hombre y el medio natural” que dan lugar a la cultura urbanaLa competencia y la lucha darwiniana por el espacio son procesos fundamentales en las relaciones sociales. A ellas se aplican términos y conceptos ecológicos como dominio, sucesión, invasión, simbiosis, etc. desde los que se explican los problemas del barrio (violencia, mala adaptación de la inmigración, etc.)[1]. Se observa al barrio naturalizado como se observan las aves desde un mirador ornitológico.

Así, el slum puede ser solo una estación intermedia, entre la llegada a la ciudad (primera residencia del inmigrante) y la mudanza a una zona “más normal”, como fruto de la movilidad social. Desde esta perspectiva, el barrio se convierte en un instrumento de “selección social” en una supuesta sociedad de igualdad de oportunidades. Por ello, y en forma especular, el barrio también puede ser la última estación de la movilidad social inversa. Por ejemplo, la mudanza a barrios periféricos de las personas que, en el marco de la creciente desigualdad social y precarización laboral de la actual crisis, no son capaces de aguantar el tirón ascendente de los precios de las viviendas en los barrios populares mas céntricos, merced a la turistificación y gentrificación. Desde “la mirada ornitológica”, los damnificados son los perdedores de la crisis que, como justo castigo, son expulsados a la periferia más desvalorizada de la ciudad. Los ganadores que les han desplazado del centro, son los que han sabido adaptarse mejor a la crisis, incluso la han manejado como una oportunidad, por ejemplo, invirtiendo y especulando con las propiedades inmobiliarias.

Panorámica del barrio de Canillas, que es un ejemplo de la historia de la periferia de Madrid: pasó de ser un pequeño municipio, a albergar un poblado chabolista, un poblado satélite, un poblado de absorción y un poblado dirigido. El resultado de estos procesos urbanísticos está a la vista. Fuente: Barriocanillas.org 

Desde la visión bipolar barrio/ciudad, los barrios serian lo estático, lo que se opone a la modernidad de la ciudad. Esta sería lo moderno y lo dinámico. Se busca la integración del barrio al mundo de la clase social media típica, es decir de los estándares de comportamientos, valores e ideologías aceptables. Esta integración es un proceso sociocéntrico (asumir los valores de la clase social dominante) y etnocéntrico (asumir los valores de la etnia o cultura dominante) cuando los barrios tienen características étnicas. Cualquier oposición a este proceso de integración es considerada un obstáculo a la modernidad.

Por lo tanto, desde este enfoque, cuando se visibiliza el conflicto social en el barrio, no es considerado como una expresión y motor de la dinámica social, sino como un obstáculo a la misma[2]. Asimismo, se niega el origen histórico de esta realidad marginal, fruto de decisiones estratégicas, políticas y/o especulativas que no se ponen en cuestión, ni se frenan para desarrollos urbanísticos futuros. No se desvela, ni censura la lógica que hay detrás de este proceso continuo de segregación, que convierte al barrio en un problema urbano.

Segregar y homogeneizar

Como hemos dicho anteriormente tanto el urbanismo, como la medicina social y el trabajo social nacen de la preocupación por “la cuestión social” y la voluntad de eliminar el peligro de los barrios bajos. Todas estas prácticas disciplinarias forman parte de “la policía urbana” de la modernidad. Su estrategia será doble: segregar y homogeneizar. Ambas acciones buscan el mismo objetivo inmunitario: contener al diferente y evitar el contagio.  Espacialmente, se segrega el barrio bajo, y social y culturalmente, se le interviene para homogeneizarle en relación a los valores del barrio alto. Para ello, previamente se ha tenido que desvalorizar y estigmatizar los usos y costumbres propias de las clases populares que lo habitan. En este empeño homogeneizador, la medicina social cumplió una importante labor biopolítica censurando los malos hábitos higiénicos y el libertinaje del proletariado[3].

En las grandes reformas urbanas del XIX (la de Haussman en Paris, Cerdá en Barcelona o Castro en Madrid), el control del espacio público fue uno de los factores del control social. Así la segregación de los barrios según origen social, se combinó con el diseño del espacio público urbano para facilitar su control por la policía y el ejercito, en caso de rebeliones o revoluciones de las masas populares. Se construyeron grandes y anchos bulevares que facilitarían la acción de la caballería y la posición de la artillería, en vez de las calles estrechas e intrincadas de la ciudad antigua, en las que “el enemigo interior” se podía ocultar más fácilmente y “las fuerzas de orden público” eran vulnerables a ataques desde los tejados. El ensanche de la ciudad moderna tenia así un doble argumento: el higiénico (calles más anchas y aireadas, para dispersar los miasmas) y el militar (espacio público más visible y controlable, para dispersar los revolucionarios)

Comuna de Paris, 1871: Barricada en la calle Saint-Sébastien (CC). A partir del siglo XIX, las ciudades también se rediseñaron para controlar mejor el espacio público en caso de motines populares y necesidad de su represión. Para algunos historiadores, no solo fue la existencia de anchos bulevares aptos para la acción de la artillería y caballería, sino la división de la organización de la resistencia en comités de barrios, las que facilitaron su aplastamiento.

El Poblado

Hay algunos barrios que antes de barrio fueron “el poblado”. Su carácter de barrio-problema tiene que ver con esta historia. Merece la pena que nos detengamos en ella para entender la actual geografía física y humana de nuestras ciudades. Solo así tendremos algunas claves de las dificultades de nuestra acción comunitaria, aunque también del origen de algunos activos en salud de los barrios. Aunque os confieso que esta incursión histórico-arquelógica que haremos a continuación, también tiene que ver con mi pasión por la historia social. En fin, vamos allá.

Las clases dominantes de la villa y corte aprendieron de los motines populares del siglo XVIII y principios del XIX, como el motín de Esquilache (1766) o el levantamiento de mayo de 1808, en los que la proximidad de los barrios bajos al casco urbano, facilitó el triunfo de la insurrección popular y su acceso a lugares estratégicos de la ciudad y del poder, como los palacios y los cuarteles. En la planificación y ejecución del ensanche de Madrid (finales del XIX y principios XX), no se dieron facilidades para que las clases populares habitaran la ciudad. La pretendida modernización del plan Castro dio lugar a una expansión de la ciudad en ensanches planificados, pero segregados (social y funcionalmente), que además ignoraba a los arrabales empobrecidos que quedaban fuera de las rondas que limitaban los ensanches. Se estimuló que la interminable afluencia de masas campesinas a la ciudad se alojara en infraviviendas de las periferias (arrabales y pueblos próximos que posteriormente, a mediados del siglo XX, serian absorbidos por la capital en forma de barrios).

Zona de chabolas en Arroyo del Abroñigal, en la actualidad M-30. Fuente: Esteban Maluenda, A.M. “La vivienda social española en la década de los 50: Un paseo por los poblados dirigidos de Madrid”. Cuadernos de Notas 7. 1999. 

Después de la Guerra Civil y durante el franquismo, el proceso de segregación empeoró aun más. Había que crear un cordón sanitario que aislara al proletariado, siempre sospechoso de no ser afecto al régimen. Suficientemente lejos de la ciudad y suficientemente cerca de los lugares de trabajo. Además, había que tener una red de cuarteles próximos por si había que volver a usar el ejército contra el enemigo interior. La ciudad solo debería ser habitada por los más fieles. La guerra destruyó muchas casas y no había viviendas baratas disponibles para alquilar.  Las promociones de viviendas sociales dentro de la ciudad se reservaban a los vencedores: militares, funcionarios no depurados, falangistas, etc.

Las nuevas familias campesinas que seguían llegando, no contribuirían al crecimiento ordenado de los barrios de la ciudad. Ni siquiera del de las villas próximas. Los perdedores de la guerra que no fueron eliminados, encarcelados o exiliados, tenían que apañarse y sobrevivir como pudieran. La resignación, humillación y servidumbre eran las estrategias de supervivencia. La autoconstrucción de chabolas era parte de ella. Así surgió un anillo periférico de núcleos de infraviviendas ilegales y segregadas de la ciudad. De la nada (cerca de los arroyos o en medio de los eriales de los municipios de la periferia) surgieron los poblados de chabolas.

En vez de dar una alternativa a esta marginalidad periférica, el estado se limitó a vigilarla y consolidarla inventándose una nueva realidad urbanística: el Poblado, que es el origen de las múltiples y dolorosas cicatrices barriales que tiene nuestras ciudades 80 años después.  Así, en el caso de Madrid, se construyen en los años 40 los Poblados satélites (Peñagrande, Manoteras, Canillas, San Blas, Vicalvaro, Palomeras, Villaverde y los poblados A y B de Carabanchel) para situar a la industria y a la población obrera lejos del centro. Sin embargo, a pesar de estas tímidas iniciativas, en 1952 se estimaba que el déficit de vivienda en Madrid alcanzaba los 700.00 y la población en chabolas e infraviviendas se cifraba en 300.000[4].

Anillo periférico de poblados satélites en el Madrid de 1953. Fuente: Moya González, L. “La realidad de la vivienda obrera. Poblados de absorción, mínimos y dirigidos, y Unidades Vecinales de Absorción (U.V.A.s)”

El barrio de Peñagrande (probablemente, de finales de los 50), donde pasé mi primera infancia.  Se ve el final del recorrido de la linea 3 de tranvia (Cuatro Caminos-Peñagrande) en la calle Joaquin Lorenzo, a la altura del bar Ricote (el edificio de la izquierda), epicentro social del barrio. Detrás estaba el arroyo, la fuente pública y una vaqueria. Fuente: Historias Matritenses 

Para controlar el peligro social y político que esta situación suponía para el régimen, y para favorecer la reproducción de la mano de obra necesaria (para una incipiente industrialización, pero también para la construcción de vivienda en la ciudad para las clases acomodadas), en 1955 el estado franquista, en alianza con la iniciativa privada, empezó a construir viviendas sociales distribuidas en ocho Poblados de absorción (absorción de poblados chabolistas): Canillas, San Fermín, Caño Roto, Villaverde, Pan Bendito, Zofio y dos en Fuencarral. En 1956 se comenzó un segundo programa que comprendía los barrios de Manoteras, La Elipa, Vallecas, Entrevías, dos en San Blas, la segunda fase de San Fermín, Juan Tornero y General Ricardos.

Plano de situación de los ocho primeros poblados de absorción de Madrid,1955. Fuente: Esteban Maluenda, A.M. “La vivienda social española en la década de los 50: Un paseo por los poblados dirigidos de Madrid”. Cuadernos de Notas 7. 1999. 

A partir de 1956 se construyeron los Poblados dirigidos (Entrevías, Fuencarral, Canillas, Orcasitas, Fuencarral A y B, Manoteras, Almendrales y Caño Roto)[5] en los que las familias chabolistas, asistidos por técnicos, aportaban trabajo en la construcción de sus futuras viviendas durante los fines de semana (los domingueros). Pero era un proceso sin fin: en los 60 se seguía construyendo Unidades Vecinales de Absorción (UVAs). La baja calidad de muchos de estos poblados y la deficiencia de las infraestructuras básicas llego a denominarlos como “chabolismo oficial” [6] [7]. La desarrollista década de los 60 también fue testigo de una espiral especulativa y de recalificación de terrenos que incorporó nuevos barrios obreros con pobres infraestructuras y equipamiento público a la periferia urbana (ejemplo: barrio del Pilar), a costa del enriquecimiento de muchos políticos recalificadores y constructores del régimen, como José Banus (ver “La pesada herencia del franquismo”. Blog “Salud Pública y algo más”, marzo 2010).

Los vecinos de “La Inmaculada” (la “Corea” de León), instalan las primeros colectores de aguas residuales en las calles del barrio, a mediados de 1950′ [5b]. Fuente: Foro de los Archivos de la Parroquia de la Inmaculada León), recogida por Angel S. Garrido en su libro de fotografías “Corea”. Obra Social La Caixa. Pags 6-8.

La mayoría de estos territorios fueron protagonistas de las luchas barriales durante el final del franquismo y, una vez llegada la democracia, fueron objetos de nuevos planes de renovación, remodelación y rehabilitación, que han persistido hasta nuestros días. Muchos de estos nombres de  poblados, forman parte de la actual geografía de la sobremortalidad, es decir, son territorios que destacan (en color rojo) en los mapas de mortalidad por secciones censales (también en los mapas de privación social), que ya comenté en el anterior capitulo (las ZIP o zonas de intervención preferente).

Un ejemplo es la coincidencia relativa de las secciones censales con mayor mortalidad por SIDA en hombres entre 1996-2003 (fruto de la epidemia de heroína de los años 80, que segó a toda una generación de jóvenes nacida entre finales de los 50 y principios de los 70, muy especialmente la de los barrios periféricos azotados por el paro y la reconversión industrial), con la localización de los barrios surgidos de los Poblados, todavía objeto de planes de remodelación de barrio en la administración del alcalde Gallardón de la primera década del presente siglo (planes municipales de barrio 2009-2012)

Mapa de mortalidad por SIDA en hombres por secciones censales de la Comunidad de Madrid (1996-2003), medido en forma de probabilidad a posteriori de Riesgo Relativo >1. En rojo se señalan las secciones censales con mayor mortalidad y en verde con menor mortalidad. A la izquierda, está el mapa de la Comunidad de Madrid, y en el recuadro de la derecha aparece aumentado el termino municipal de Madrid. Los territorios (secciones censales) con mayor mortalidad (en rojo) se sitúan al sur de la ciudad (Vallecas, Villaverde, Usera), aunque hay pequeñas zonas rojas aisladas en la periferia este, norte y suroeste, correspondiente a los poblados. Fuente: Mapa de mortalidad y desigualdades socioeconómicas de la CM. Proyecto MEDEA. Consejería de Sanidad de la CM.

 

Mapa de la localización de los 16 territorios objeto de los Planes municipales de barrio 2009-2012 del Ayuntamiento de Madrid. La mayoría son los mismos donde se construyeron los poblados de absorción y dirigidos en las décadas de los 50 y 60. Algunos coinciden con las secciones censales con mayor mortalidad por SIDA del mapa anterior

Los barrios dormitorios

Posteriormente al racionalismo higiénico de los ensanches, Le Corbusier y el movimiento de la arquitectura funcionalista y modernista introdujeron una nueva racionalidad (carta de Atenas 1933) que pretendía reconvertir el caos de la ciudad industrial en un espacio moderno, social y racional, en el que el barrio bajo tradicional aparece de nuevo opuesto al desarrollo urbano racionalista. Le Corbusier es un ejemplo de cómo las buenas intenciones (tenia vocación de reforma social, quería construir una “maquina de habitar”, La machine à habiter, al servicio de las necesidades humanas y a medida del hombre: “El Modulor”[8]), pueden generar desde el racionalismo, espacios de residencia uniformadores, insostenibles, individualistas y desligados de la historia, cultura e imaginarios locales. De nuevo basados en los modelos de las clases dominantes, aunque sean las clases más ilustradas.

Muchas de las ciudades y barrios dormitorios de nuestro entorno, que se construyeron entre los años 50 y 70 del siglo pasado, incluyendo los proyectos de realojamiento de núcleos chabolistas[9] o de “renovación urbana”, siguieron los dictados de la arquitectura funcionalista: separación de barrios según funciones (barrios residenciales, barrios industriales, barrios para el ocio), centramiento en el diseño de la vivienda (mundo privado) y despreocupación del espacio público inter-viviendas (mundo público), grandes distancias entre lugares de vivienda, trabajo y recreación, que no se podían hacer a pie y que primaba el uso del coche particular (al no haber buen transporte público) y dificultaban una movilidad sostenible, uso del cemento armado visible en los edificios, grandes bloques de edificios de vivienda de muchas plantas, que dificultaban el contacto entre vecinos[10]

Conjunto de viviendas para el INV en el Poblado dirigido de Almendrales (1959-66), en el distrito de Usera, compuesto por bloques con cuatro viviendas por planta, con tres dormitorios, cocina y baño. Las fachadas son de muros de ladrillo, material básico, rematadas en cubierta por planos inclinados a dos aguas de fibrocemento. Fuente Fotos: COAM. Fuente texto: Urbancidades 

Rehabilitación barrial

Así pues, muchos de nuestros barrios y barriadas actuales tiene su origen histórico en esta segregación de las clases populares, que al ser temidas como clases peligrosas (acordaros de uno de los orígenes etimológico del término barrio como salvaje), se les quiere mantener a distancia en poblados de la periferia urbana[11]. Alojamientos que por otra parte, nunca acaban de ser definitivos y estables, pues su baja calidad y la llegada de nuevas familias obreras exige un proceso continuo de ampliación, alojamiento y reforma que tomado diferentes nombres: renovación urbana, rehabilitación barrial, realojamiento vecinal, etc. Al poblado se le renueva o rehabilita y a sus habitantes (provenientes de la misma periferia, de otra o de fuera) se les realoja (en el mismo barrio o en otro) y se les intenta “integrar”. Pero realmente nunca se les quiere integrar en “la ciudad”, sino en un modo de vida adecuado. Pasan décadas y los hijos e hijas, incluso los nietos y nietas, de los primeros “pobladores” seguirán relacionándose con la ciudad a distancia (espacial y de tiempo de transporte) y sufriendo la desigualdad de oportunidades “entre el barrio y la ciudad”.

Para renovar, realojar e integrar hacen falta especialistas: del ladrillo y del espacio, pero también de las personas, sus necesidades y conflictos. Urbanistas, trabajadoras sociales, policías, etc. trabajando juntas. Sin embargo, como dijimos, la mirada de “los renovadores” y “los rehabilitadores” sobre el barrio bajo y sus gentes, se construye por lo general con el imaginario de la clase social de procedencia de esos especialistas o de sus empleadores, teniendo muy poco en cuenta la identidad, cultura e historia del barrio. Esto no quiere decir que no se perciba la diferencia de los barrios bajos y lo distinto que es su población. Todo lo contrario, esta diferencia percibida es la razón principal de esta intervención extraordinaria y focalizada.

Hay muchas formar de reparar lo dañado. Richard Sennet [12] distingue tres formas artesanales de reparar un objeto averiado (restauración, rehabilitación y reconfiguración), que tienen un equivalente en las relaciones sociales y las formas de cooperación. “La primera pretende devolver el objeto a su estado inicial; la segunda mejora partes o materiales con la preservación de la forma antigua y la tercera reimagina la forma y el uso del objeto en el curso de la reparación”. Toda  reparación es una oportunidad de cambio. Si aplicamos esta metáfora de Sennet al barrio, la restauración devuelve el objeto (en este caso el barrio) a su estado original: lo blanquea pero no altera la lógica del poblado segregado, ni las relaciones entre el barrio y la ciudad. La rehabilitación requiere la habilidad del rehabilitador para sustituir determinadas piezas o zonas del barrio, sustituyéndolas por otras más modernas, e incluso con otra funcionalidad. En esta operación puede incluir valores y piezas propias de la cultura de la ciudad-modelo, pero lo puede hacer adaptándolas a los valores propios del barrio o ignorándolos. Pero la que supone un cambio más radical es la reconfiguración, que supone una ocasión para producir un objeto distinto del anterior. Las comunidades pueden poner en marcha un proceso participativo de innovación social que puede cambiar la lógica original del barrio-problema ex-poblado. El protagonista de la reparación es el propio vecindario, y el o la rehabilitadora tiene una función artesanal orientadora. En este proceso se pueden generar nuevos modelos de cooperación: entre sus habitantes y de estos con la ciudad. Estamos acostumbrados al primer y segundo tipo de reparación en los planes de rehabilitación o renovación barrial. Ya es hora de que nos atrevamos con el tercero.

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Esta entrada forma parte de la obra “La noción de Barrio”, de la que se han editado hasta ahora las siguientes entregas:

I. INTRODUCCIÓN

II. EL BARRIO COMO LUGAR

  • Barrio y Comunidad
  • Barrio como parte de la ciudad
  • Barrio como periferia
  • No hay barrio pobre si no hay barrio rico
  • Invisibilidad y desvelamiento del barrio
  • La unidad territorial mínima significativa.

III. EL BARRIO COMO PROBLEMA (1ª parte): segregación

  • Barrio como problema urbano
  • Segregar y homogeneizar
  • El poblado
  • Los barrios dormitorios
  • Rehabilitación barrial

III. EL BARRIO COMO PROBLEMA (2ª parte): estigmatización

  • Los chicos de la esquina y la vida de banco
  • El barrio de los canis y de las chonis
  • La delincuencia juvenil y el fracaso escolar
  • Integración social frente a segregación social
  • El barrio estigmatizado.
  • El barrio étnico

IV. EL BARRIO VIVIDO (1ª parte): Mapas mentales

  • El barrio como espacio subjetivo. Los mapas mentales
  • El barrio vivido y el barrio imaginado
  • Vivir en el barrio o vivir el barrio

IV. EL BARRIO VIVIDO (2ª parte): La Comunidad barrial

  • La Comunidad barrial
  • Mi tramo de calle
  • La vida de las aceras
  • El comercio del barrio

IV. EL BARRIO VIVIDO (3ª parte): El ocio en el barrio

  • Fiestas de barrio
  • Bares de barrio
  • El futbol en el barrio
  • El cine en el barrio

IV. EL BARRIO VIVIDO (4ª parte): El barrio de los cuidados

  • El Barrio es de las mujeres
  • Barrio y cuidados
  • El declive del barrio vivido

V. EL BARRIO COMO SOLUCIÓN: del buen vecino a la revolución

  • Barrio y vecindario
  • El buen vecino
  • El barrio tiene nombre, el vecindario no
  • Descentralización y gobierno barrial
  • Barrio como ideología.
  • Las luchas barriales
  • El barrio como lugar de supervivencia
  • El barrio resiliente
  • La ideología de barrio como freno al cambio social
  • Relaciones de poder en el barrio

VI. BARRIO E INSTITUCIONES

  • El barrio de las diferentes disciplinas
  • El barrio en el norte y sur global
  • Conquistar el eje del barrio
  • El barrio telaraña
  • El barrio como lugar de reunión de las instituciones
  • El barrio como mero receptor de la acción comunitaria
  • El papel de la salud comunitaria en la construcción del contrapoder, contracultura y contrainstitución, desde el barrio.

VII. EL TIEMPO EN EL BARRIO

  • Barrio, tiempo y aceleración
  • Barrio como mundo del peatón
  • Barrio y vida cotidiana

VIII. EPILOGO Y CONCLUSIONES

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REFERENCIAS Y NOTAS

[1] Capel, H. y Urteaga, L. “Las nuevas geografías”. Aula Abierta Salvat. Madrid 1984, pp 22-23. En los años 20 y 30 del siglo XX se desarrolla en EE.UU. una corriente sociológica muy influenciada por la ecología, impulsada por autores como Robert E. Park, Ernest W. Burgess y R.D. MacKenzie, pertenecientes a la llamada Escuela de Chicago que aplican el esquema teórico de la ecología vegetal y animal al estudio de las comunidades humanas urbanas. Para la mayoría de los sociólogos norteamericanos interesados por la ecología humana, la cultura urbana seria la expresión más característica de la sociedad industrial. Algunas de las características mas definitorias d esta cultura urbana serían la movilidad espacial y social, la relajación de las estructuras familiares, el aislamiento social y la existencia de una marcada división del trabajo y especialización funcional. El notable crecimiento de la urbanización en los años 30 en EEUU les lleva a estudiar fenómenos como la adaptación de los inmigrantes, la violencia social, la segregación y “diversas manifestaciones del vicio”.

[2] Gravano, A. “El barrio desde la teoría social”. Editorial Espacio. Buenos Aires 2012. pp 164- 165

[3] Segura del Pozo, J. “Biopolitica y Salud Pública: una recopilación de textos blogueros pendientes de amasar”. Ediciones “Salud Pública y otras dudas”.Tres Cantos, Diciembre 2017 

[4] Carabancheleando. “Diccionario de las periferias. Métodos y saberes autónomos desde los barrios”. Traficantes de sueño. Madrid, 2017. pp 15-20

[5] Menciono aquí solo los lugares y nombres de la geografía periférica de mi ciudad: Madrid. Nombres familiares que nos evocan esas permanentes cicatrices barriales objeto obsesivo de nuestra acción comunitaria:  Canillas, San Fermín, Caño Roto, Villaverde, Pan Bendito, Zofio, Entrevías, Peñagrande, Orcasitas, Palomeras, Almendrales, San Cristobal, Pozo del tío Raimundo, etc., etc. Estoy seguro que los y las lectoras de Barcelona, Bilbao, Sevilla, Valencia, Zaragoza, etc, pueden añadir otros nombres de otros poblados y realidades sociales semejantes que surgieron por la misma lógica histórica.

[5b] En el libro “Corea. Una historia paralela”(editado por la Obra Social de la Caixa) del fotógrafo Alejandro S. Garrido, se hace un repaso gráfico de los barrios denominados “Corea” diseminados por la geografía española: Huesca, La Coruña, León, Toledo, Palencia o Palma de Mallorca. Proyectos de urbanización marginal creados a mitad de los 50, coincidiendo con el Acuerdo con EE.UU, que supuso la llegada de soldados norteamericanos a las bases cedidas por Franco, y con la Guerra de Corea (motivo del nombre popular de estos barrios) . Oficialmente son bautizados en honor del dictador (Barriada de Francico Franco, Grupo Generalisimo) o de una virgen (la del Perpetua Socorro, la Inmaculada). Como los poblados dirigidos, muchas de “las Coreas” se crearon por la modalidad de “autoconstrucción planificada” (planificada por la autoridad que aporta material y un plano de construcción a la mano de obra puesta por el futuro beneficiario). Estas casas de la foto del barrio de La Inmaculada de León (también llamadas casas del Aguinaldo), se construyeron sobre un viejo asentamiento informal que desde principios del siglo habían construido los trabajadores de las pequeñas fabricas cerámicas que proliferaban en la periferia de León. Cuando fueron entregadas en 1952 por la Obra Social de la Falange y la “Caridad Cristiana de las Autoridades Leonesas” a 108 familias numerosas y de baja renta, no contaban con agua corriente y alcantarillado, por lo que serán las propias familias las que posteriormente construyen los aseos e instalen los primeros colectores.

[6] Esteban Maluenda, A.M. “La vivienda social española en la década de los 50: Un paseo por los poblados dirigidos de Madrid”. Cuadernos de Notas 7. 1999. 

[7] Moya González, L. “La realidad de la vivienda obrera. Poblados de absorción, mínimos y dirigidos, y Unidades Vecinales de Absorción (U.V.A.s)” 

[8] Wikipedia: Le Corbusier

[9] Muchos de los poblados dirigidos franquistas que mencionamos antes fueron diseñados por jóvenes arquitectos imbuidos de las ideas de la arquitectura racionalista, entre los que destaca Sáenz de Oíza, además de Romany, Cubillo, Sierra, Alvear, Iñiguez de Onzoño, Vázquez de Castro, Carvajal, Corrales, Molezún y García de Paredes. Adaptaron sus diseños racionalistas al origen rural de los inmigrantes y al uso de materiales de bajo coste; materiales que le han dado su apariencia característica a estos barrios. Ver: Esteban Maluenda. Op. cit. pp. 58-62

[10] Ver: Javier Segura del Pozo“La humanización del espacio urbano (el Urbanismo de la Salud Comunitaria)”. Blog “Salud Pública y otras dudas”. Mayo 2017.

[11] No puedo evitar pensar en los poblados indios o apaches cuando oigo la palabra poblado.

[12] Sennet, R. “Juntos. Rituales, placeres y políticas de cooperación” Anagrama, Barcelona 2012. Pags. 300-311

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