Ciudades que cuidan a las personas y a sus comunidades

Por Javier Segura del Pozo
Médico salubrista

[Texto de la conferencia del mismo titulo impartida el 16 de julio de 2021 en el curso de verano de la Universidad del Pais Vasco, titulado “De la casa a la ciudad: construyendo entornos para envejecer bien”, y organizado por la Fundación Matia en San Sebastian]:

Egun on! Voy a intentar responder al encargo que me hicieron las amigas de la Fundación Matia de relacionar tres palabras que empiezan por “C”, que son ciudad, comunidad y cuidados, e hilarlas con otros conceptos que aparentemente no tendrían mucho que ver, pero que han adquirido lamentablemente una importante notoriedad desde hace un año y medio, como salud pública, desigualdades sociales en salud y pandemia; y finalmente, con otro que se puso muy de moda en las ultimas elecciones autonómicas de la Comunidad de Madrid, que es el concepto de libertad.

Guión

Este es el menú de la conferencia que espero poder completar:

  • La ciudad industrial, como modelo de ciudad del descuido
  • En relación a la supuesta dicotomía entre libertad individual y medidas de protección de la salud publica, que se pretendió derivar, mental y electoralmente, al lema de “libertad o socialismo”, me gustaría compartir algunas referencias sobre la tensión histórica entre el individualismo liberal y el mutualismo obrero, presente desde el inicio del capitalismo en esa ciudad industrial, y su relación con la salud colectiva y el cuidado comunitario: para ello, hablaré del mutualismo obrero, los servicios comunitarios y sus enemigos
  • Hacer un repaso de los principales paradigmas de la salud pública sobre la salud urbana, para que entiendan por qué considero que durante la pandemia ha habido una regresión a paradigmas médicos antiguos y simplificadores.
  • Pensar la ciudad desde los tiempos y espacios de la vida cotidiana, concepto que es tan importante en la salud comunitaria.
  • Darles un par de pinceladas sobre los dos proyectos que fueron más importantes al final de mi vida laboral, que son el de “De las batas a las botas” y el de “Madrid, ciudad de los cuidados”, y que pretendían articular “las tres C”.
  • La ciudad pandémica y la regresión bacteriológica.

He evitado la tentación de hacerles unas conclusiones en las que les hilara claramente este mosaico, aparentemente disperso. Eso se lo dejo a ustedes. Pero sí voy a hacer una reflexión final sobre las resistencias y los enemigos, y la necesidad de diferenciarlos bien, ilustrándolo con la historia de los cocodrilos de Mahler.

La ciudad industrial, la ciudad del descuido

Para entender desde la salud pública y la salud comunitaria, cómo seria la ciudad de los cuidados, tenemos que ser conscientes que todavía estamos gestionando la herencia del descuido de la ciudad industrial. Un modelo de descuido colectivo. Lo que caracterizó aquella ciudad industrial fueron la inmigración, la segregación y la explotación laboral.

La inmigración de clases populares de diversos orígenes geográficos, generalmente rurales, atraídas por la oferta industrial. 

Cuando hablamos de segregación, nos referimos a una segregación doble: por una parte, una segregación por clases sociales, pero también por espacios, segmentando la ciudad entre barrios altos y barrios bajos, con calidades habitacionales y ambientales muy diferentes, como ven en las fotos de arriba del prospero ensanche madrileño del barrio Salamanca y la de debajo, de las míseras corralas obreras de Lavapies, el Rastro o Latina. Esta segregación socio-espacial tambien tenia unas consecuencias importantes en salud y mortalidad. Como marca el mapa sanitario del Dr Hauser de 1893, que tienen en la imagen, se traducía en unas diferencias importantes de mortalidad entre ambos tipos de distritos[1][2]

Pero lo que me gustaría resaltar, y ahí voy con el tema que les apuntaba sobre la libertad, es que no solo era una cuestión de diferencias de espacios, sino también de valores: entre el individualismo y el mutualismo. El individualismo, como ideología liberal asociada al capitalismo, sacralizaba la iniciativa empresarial individual y la libertad de empresa, por lo que la intervención estatal sobre las desigualdades y la pobreza se debía limitar a la caridad reservada a los llamados “pobres merecedores”. Sin embargo, las clases populares tuvieron que cuidarse contra las duras condiciones de vida, con la practica de un mutualismo obrero, del que ahora hablaremos.

Las ciudades fueron el origen de la salud pública

Como salubrista, también es importante decir que fue la ciudad industrial, quien propició el nacimiento de la propia salud pública, higiene social o medicina social, que en sus orígenes situaba la causa de la enfermedad en la pobreza de las personas y del ambiente urbano, desde ese paradigma miasmático que mencionó esta mañana Jose Maria Ezquiaga.

Y si ese era el análisis, la intervención tenia que basarse en la planificación urbana, el saneamiento, la mejora de las condiciones vida clase obrera (vivienda, nutrición, sanidad, etc) y finalmente su educación. Para alcanzar estos fines, era necesario lo que hoy llamamos la intersectorialidad, que ya se practicaba entonces: en aquella época empezaron a trabajar juntos arquitectos o urbanistas, con ingenieros, químicos, profesionales del recién estrenado trabajo social, de la medicina y enfermería.

Eso si, cuidado! No se confundan! La misión de la salud publica y de otras practicas profesionales e institucionales, en general, era más reformista que revolucionaria, es decir, buscaba evitar el desbordamiento de la cuestión social, sin cambiar el orden social

Ciudad: tiempos y espacios de la vida cotidiana

El problema de la vida cotidiana de las clases populares, no solo era de la calidad de los espacios que habitaba, sino de la calidad de sus tiempos. Era la expropiación del tiempo y el cuerpo en la explotación laboral, que restaba al sueño, ocio, cultura y vida familiar, llegando a lo que se llamó estado de alienación.

Por ello, durante décadas, una de las principales reivindicaciones obreras era alcanzar  la jornada de los 8 horas para trabajar, 8 horas para dormir y 8 horas para el ocio

Estos tres tiempos se desempeñaba en dos diferentes espacios. El espacio laboral, en el que, como he dicho, se estaba demasiado tiempo, y el espacio residencial, que a su vez estaba dividido en un espacio privado (la vivienda) y un espacio público (representado generalmente por el barrio obrero). Entremedias, estaba el transporte entre el espacio laboral y el residencial y en el que se invertía también un tiempo de oro. 

Como ven, se priorizaba el espacio y tiempo de producción, mientras el tiempo y espacio residencial de la reproducción eran ignorados, empobrecidos y desvalorizados. Cualquiera de estos dos espacios, el laboral y el residencial obrero, estaban velados, frente a la ciudad monumental y burguesa que es la que se muestra. Utilizando el ejemplo de esta mañana, sobre la preocupación que la turistificación estropee Donostia, sabemos que normalmente los turistas franceses e italianos no van a ver Intxaurrondo o Trincherpe. Esos son espacios escondidos a la mirada oficial que no los considera el Donosti a preservar y mostrar. Este es el bello Donosti monumental de la ciudad burguesa, cuyo capital cultural y social, como este precioso palacio de Miramar, era reivindicado por Henry Lefebvre (El derecho a la ciudad[3]) para el acceso democrático “de la ciudad” a las clases populares, relegadas a las feas periferias obreras urbanas y a los generalmente poco acogedores ambientes laborales.

Quédense con este esquema de los tiempos y espacios, que usaremos para pensar en la ciudad de los cuidados y en la ciudad de los jubilados. 

Mutualismo obrero

Como les decía, el individualismo o la libertad, que está ahora tan reivindicada, era un lujo solo al alcance de los que tenían más posibilidades de elegir (la privilegiada libertad de elección). La clase obrera tenia que elegir el mutualismo para sobrevivir. Empezando por el mutualismo de la propia familia obrera, en la que casi todos tenían que trabajar, incluso mujeres y niños, para sumar jornales suficientes a la caja familiar. En detrimento del tiempo de ocio, juego, incluso de la escolarización. 

La explotación no solo impugnaba el pretendido reparto sexual del trabajo, en detrimento de la doble carga femenina, sino la propia división de espacios. Así, el  espacio laboral y el domestico se confundía, como ahora con el teletrabajo, como se ve en esas dos fotos de la izquierda de un sweatshop (“talleres del sudor” de confección textil) que proliferaban en los bloques de viviendas obreras (tenements) del Nueva York de principios del XX. A la izquierda se ve a varias mujeres y una niña rematando pantalones (1900). En el centro a un niño italiano cargando con un fardo de ropa. (1910). Y en relación a los cuidados, recordemos que durante la ausencia de las madres trabajadoras, las abuelas y las hijas mayores tenían que hacerse cargo de los nietos o hermanos pequeños. A la derecha tienen una foto de una “pequeña madre” o “little mother” fotografiada en 1912 delante de un “Lung Block” o bloque viviendas con alta prevalencia tuberculosis de la ciudad de Nueva York[4].

El otro espacio del mutualismo obrero fue el laboral, a través de la asociación sindical y la lucha obrera para conquistar derechos laborales. Podía haber traído imágenes e huelga de obreros, pero he preferido tráerles esta más insólita de la huelga de las cigarreras de 1924 en la Tabacalera de Madrid , que seguro que también tuvo su manifestación en la Tacacalera de San Sebastian.

Pero lo que me interesa remarcar es que al lado del mutualismo obrero familiar y laboral, desde el principio hubo un mutualismo vecinal obrero, precursor de lo que ahora llamamos cuidado comunitario. Ante el abandono y descuido de las autoridades municipales, los propios vecinos tenían que practicar la ayuda mutua. Ejemplos son estas imágenes de los vecinos de “La Inmaculada” (la “Corea” de León), instalando las primeros colectores de aguas residuales en las calles del barrio, a mediados de 1950′. O la imagen de la derecha del genial comic El Bilbao de las chabolas, editado por El Correo Vasco[5], que narra como los barrios obreros que rodean Bilbao tuvieron origen en los poblados de chabolas construidos durante la noche, con la tolerancia de las autoridades, por esa misma solidaridad vecinal obrera. 

La comunidad barrial y el barrio de los cuidados

En este proceso y con este contexto y valores, es como se fueron formando las comunidades barriales de nuestras ciudades, en las que el tramo de la calle, la vida en las aceras y el comercio del barrio, jugaron un papel fundamental para la generación de redes comunitarias de ayuda mutua y de la frecuentemente añorada vida de barrio.

Cuando hablo de la ciudad de los cuidados, me gusta también hablar del barrio de los cuidados, pues en esta dicotomía entre producción y reproducción, la ciudad es un espacio masculino y el barrio, donde se desarrollan la mayoría e las funciones de cuidado y reproducción, es un espacio de mujeres. Por ello, si en el espacio laboral destaca la camaradería o fraternidad obrera, en el espacio residencial, imperaba la sororidad entre mujeres.

Otra forma de servicios públicos: Comunitario

Si la Salud Pública, se ejercía con intervenciones “desde arriba”, desde la planificación urbana, el control epidémico o la beneficencia, a finales del XIX surgen nuevas formas de servicio público, que podríamos denominar de orientación comunitaria, basadas en intervenciones más “desde abajo”, desde los barrios. 

En las ciudades industriales anglosajonas, se identifica con el movimiento settlement, por el que hombres y mujeres de clase media deciden trabajar desde los barrios pobres de inmigrantes. Lo representan figuras como Jane Addams y Lilian Wald, consideradas, respectivamente, las madres del trabajo social y de enfermería comunitaria. Frente al modelo caritativo de los pobres merecedores y no merecedores, se facilitaba la accesibilidad, universalidad, escucha, el respeto a la diversidad, y la conquista del espacio publico de los barrios, por ejemplo esos patios traseros (o playgrounds) de la Hull House (Chicago)A la derecha vemos a una enfermera visitadora de Henry Street House esforzándose por los tejados de Manhattan. Una clara precursora de la practica “de las batas a las botas”, como luego veremos.

Los enemigos del mutualismo obrero y los servicios comunitarios

Pero es importante resaltar que estos ejemplos de mutualismo obrero y de servicios comunitarios no fueron un camino de rosas y tenían muchos enemigos.

Desde los propios empresarios, que tenían a su lado el estado, el ejercito, incluso la judicatura para reventar las huelgas o las reformas legales (por ejemplo, considerando que la limitación del máximo de jornada laboral o a la edad de inicio para trabajar, chocaba con la libertad de empresa, defendida por los padres fundadores). 

Los centros comunitarios fueron acusados, desde la histeria anticomunista de los 30, de formar parte de un complot rojo.

Por parte de la medicina privada, agrupada en la AMA (American Medical Association), el colegio de médicos,que denunciaba en ese recorte de la prensa de la época, que el supuesto abuso de la caridad de los dispensarios comunitarios era una amenaza para la libre empresa de la sanidad privada. Como fruto de estas presiones políticas reaccionarias y de la sanidad privada, temerosas de la merma de sus poderes, privilegios y negocios, se cerraron muchos centros de salud comunitaria.

Quédense con estos enemigos del mutualismo.

Cambios de paradigmas de la medicina: de la revolución bacteriológica a la determinación social de la salud

Los paradigmas de la medicina fueron cambiando, y si la salud pública en su origen tenia un análisis y una intervención que tenia en cuenta lo social y ambiental, como antes vimos, con la revolución bacteriológica, cambia el análisis y la intervención. 

Cambió radicalmente la mirada. Ya se pensaba que la enfermedad era el propio microbio. El medioambiente urbano y las desigualdades sociales NO eran tan importantes. Por ello, la intervención se focalizaba en el diagnóstico microbiológico, el descubrimiento de vacunas o antibioticos. La consecuencia fue la  creciente dominancia médica y hospitalaria, frente a otras disciplinas y formas de atención.

Sin embargo, el siglo XX y el XXI han sido testigos de nuevos fenómenos asociados a una creciente e interminable urbanización. La migración rural-urbana siguió avanzando, hasta el punto que se estima que en 2030, más del 60% de la población mundial vivirá en ciudades. Asociada a esta urbanización, se ha producido el notable incremento de las enfermedades crónicas y el cancer , que no podía ser respondido desde el anterior paradigma bacteriológico, que entró en crisis. 

Empezaron a darse importancia a otras áreas de la salud pública, entre ellas, la salud ambiental asociada a esa preocupación por el impacto en la salud de la contaminación atmosférica. Los fenómenos de la cronicidad y la relación con el medio eran complejos y requerían abordajes complejos, lo que llevó a la necesidad de volver la mirada a los conceptos y métodos de las ciencias sociales e incorporarlos en la salud pública; que por otra parte, para muchos, nunca dejó de ser una ciencia social. Además, fue abriéndose paso una visión mas ambiciosa de la democracia y de los derechos humanos. El fin de la segunda guerra mundial trajo la reivindicación del derecho a la salud y a la participación comunitaria en los servicios y políticas públicas, como complemento de la democracia representativa, formal e institucionalizada.  Todo ello llevó a un interés renovado en el enfoque social y ambiental

No les voy a aburrir con nuestra historia endogámica o familiar salubrista, simplemente decirles que entre 1974 y 1986 se produjo un importante cambio en el mundo de la salud publica. Representado por tres momentos como el informe Lalonde en 1974, la declaración de Alma Ata de APS (atención primaria de salud) de 1978 o la carta de Ottawa de la promoción de la salud en 1986 

Se lo podría resumir en que con la APS se apostaba por una orientación salubrista y comunitaria de la sanidad (Alma Ata). Y que se volvía a pensar que el sector sanitario no es el principal determinante de la salud (informe Lalonde), pero puede ser un importante mediador con otras políticas públicas, incluidas las políticas municipales (carta de Ottawa).

Basado en esta idea, surge en 1986 el movimiento de ciudades saludables (Healthy Cities). Aunque me gustaría extenderme en las características de este proyecto o movimiento, me limitaré a decir que vuelve a darse valor al trabajo intersectorial desde los ayuntamientos. Si queremos ciudades más saludables, los salubristas debemos trabajar codo con codo con determinados socios estratégicos, como las concejalías o departamentos de planificación urbana, vivienda, medioambiente, movilidad, servicios sociales, educación, deportes, alimentación y consumo, seguridad, gobernanza y participación.

Y finalmente, lo que cambió totalmente el paradigma, fue la idea o el modelo de los determinantes sociales de la salud o la determinación social de la salud, representada por esa Comisión de Determinantes Sociales de la Salud (CDSS) de la OMS de 2008, que emite el famoso informe de “Subsanar las desigualdades en una generación”.

Portada del informe “Subsanar las desigualdades en una generación” de la Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la OMS, 2008

Fue un nuevo paradigma, pues si el informe Lalonde sitúa la salud en cuatro campos jerárquicamente indiscriminados y sin claros vínculos entre ellos (la biología humana, el ambiente, los estilos de vida y la atención sanitaria), para la CDSS, incluso los estilos de vida y las exposiciones ambientales y ocupacionales están socialmente determinadas 

Desde ese punto de vista, si queremos reducir la carga de enfermedad y muertes prematuras, debemos abordar los determinantes sociales y reducir la brecha social. Tenemos que promocionar un cambio social.

Y finalmente, una idea muy importante para los que trabajamos desde las ciudades y la salud comunitaria. La salud urbana y la salud comunitaria son importantes oportunidades para el abordaje en equidad en salud, que desde otros ámbitos profesionales e institucionales es más difícil de identificar y abordar.

Ciudad: vejez y final de vida 

Y cuando pensamos estos espacios urbanos no desde la enfermedad (como las enfermedades cardiovasculares, respiratorias, diabetes o cáncer), sino desde la vejez y el final de vida, tenemos otras perspectiva. Volviendo al esquema de los tiempos y espacios de la vida cotidiana, si aceptamos que la ciudad industrial se pensó para la producción, nos deberiamos preguntar cómo es una ciudad pensada para el tiempo posterior a la producción, es decir en la jubilación. 

Al desparecer el tiempo del trabajo y el espacio laboral, adquiere especial importancia la calidad del espacio residencial, tanto privado como publico, donde se desenvuelve el tiempo de descanso y el tiempo de ocio.

Levantar la ciudad de los cuidados, a partir de sus barrios saludables

Estas ideas fueron las que dieron lugar a los últimos proyectos de mi vida profesional, antes de mi reciente jubilación. Por una parte, el trabajo del proyecto de reorientación comunitaria de los centros municipales de salud de Madrid (actualmente llamados CMSc: centros municipales de salud comunitaria), que tuvo el elocuente lema “de las batas a las botas” y que se denominó oficialmente Estrategia Gente Saludable (2010-2015) y después, Estrategia Barrios Saludables (2015-2019). Aunque hoy no toca hablar de él, les diré que contenía muchos de los elementos de los servicios comunitarios antes aludidos de hace 150 años.

El segundo, íntimamente trenzado con el anterior, fue el plan “Madrid, ciudad de los cuidados” (MCC), del que Mayte Sancho fue asesora, y que se desarrolló desde la alcaldía de Manuela Carmena. 

Fue una vuelta de tuerca del proyecto de salud comunitaria, en el que sumamos a nuestra perspectiva de salud comunitaria, los aportes de los feminismos, la ética del cuidado, la economia social y solidaria o el urbanismo social.

Buscábamos, no solo facilitar la corresponsabilidad de los cuidados: entre géneros, generaciones y de toda la sociedad, sino fortalecer ese cuidado comunitario. Pasar de ese “triángulo del cuidado”, proporcionado por familia, estado o mercado, a un rombo o “diamante del cuidado” formado por cuatro vértices, al reconocer a la comunidad como cuarto protagonista o fuente del cuidado. 

El reto era demostrar lo que podía hacerse desde el gobierno de una ciudad para favorecer esa corresponsabilidad de los cuidados y para apoyar en la vida cotidiana el cuidado comunitario, familiar y desde los servicios públicos.

El plan pretendió articularse desde cuatro ámbitos: primero, el cuidado del espacio público; segundo, el cuidado de la relación de la administración con la ciudadanía (desde la ética de los cuidados); tercero, el cuidado de los bienestares y malestares de la vida cotidiana; y cuarto, el cuidado como fuente de empleo digno. 

El plan fue un proyecto hermoso, en el que, además de los proyectos piloto que voy a mencionar ahora, fueron menos visible las sinergias, vínculos, voluntades, ideas y propuestas innovadoras que fueron generándose, a partir de  grupos de trabajo y foros (Jose Antonio Corraliza antes mencionaba el ambicioso y puntero Foro de la Soledad, organizado en noviembre de 2018), atraídos por el seductor y ambicioso marco conceptual y operativo del plan. La mayoría de estas ideas, dinámicas y procesos quedaron interrumpidos cuando se abortó el plan, siendo la perdida de la prometedora “cosecha” de estas “semillas” en vías de germinación, apenas manifiesta para la opinión pública[6].

El plan tuvo pues un desarrollo limitado al no sobrevivir el cambio de gobierno tras las elecciones de 2019. Lo mas destacable y visible fueron el inicio de tres proyectos piloto comunitarios, desarrollados en algunos barrios de la ciudad, como el de prevención de la soledad no deseada, el de comunidades compasivas y prevención del duelo complicado y el de diseño participativo de entornos escolares saludables, además de otros proyectos de abordaje de los malestares de la vida cotidiana (como por ejemplo, “hombres con cuidado”). 

Los proyectos buscaban el desarrollo comunitario de estos barrios, independientemente que la temática, el objetivo o “la punta de la madeja”, fuera la soledad, el final de vida, el diseño participativo de los espacios comunes de los centros educativos o los roles de género. Buscábamos que, alrededor de estos proyectos, las redes comunitarias ya existentes se fortalecieran. Por eso, trabajábamos más con vecinos y vecinas que con voluntariado ajeno al barrio; trabajábamos con diferentes grupos de edad, no solo con los mayores; nos esforzábamos por abarcar la diversidad, como riqueza; nos preocupaba el legado que quedara en el barrio una vez que se retirara la institución; queríamos trascender el asistencialismo y el consejo sanitario; nos obsesionaba dejar constancia de los resultados de los pilotos, mediante evaluaciones adecuadas que también quedaron abortadas. 

El único que sobrevivió con el diseño inicial, fue el de comunidades compasivas, apostando el nuevo gobierno municipal por el desarrollo de un proyecto nuevo de prevención de la soledad no deseada, una vez desmontado el que estaba en marcha, pero, desde mi punto de vista, con una orientación bastante diferente a la original comunitaria, palabra que no era del agrado de las nuevas autoridades. 

La ciudad pandémica y la regresión bacteriológica

Y así llegamos al fatídico 2020, que coincidió primero con la pandemia y luego con mi jubilación. Al igual que ocurrió con la ciudad industrial, la ciudad pandémica no ha sido la ciudad de los cuidados, sino de nuevo del descuido

La pandemia ha ido desvelando las frágiles costuras de nuestra sociedad urbana.  Y desde la salud publica ha sido, en muchos sentidos, una regresión al paradigma bacteriológico, antes mencionado y un descuido de los aspectos sociales, comunitarios y ambientales.

A pesar de que la desigualdad social y la precariedad laboral y habitacional han sido potentes vectores en la transmisión pandémica urbana: aumento de la exposición, barreras para cumplir las medidas de salud pública y mayor impacto de los efectos secundarios de las medidas en las clases populares. Como pudimos comprobar durante el confinamiento, las ocupaciones esenciales coincidían con las más precarias y las más expuestas. Pudimos pues ver que hay un claro gradiente social en el teletrabajo

En vez del enfoque sindémico, que al considerar esta pandemia como una síntesis de  vulnerabilidades sociales, ambientales y biológicos, aboga por una respuesta compleja, basada en la equidad, se optó un enfoque de cierta simpleza pandémica.

Si tenemos que resumir en 4 las principales lecciones que nos está dejando la pandemia, la primera lección es que, a la vista del terrible papel que tuvo en la mortalidad y en la muerte y sufrimiento en soledad, urge revisar nuestro actual modelo de residencias de personas mayores y discapacitadas, así́ como el modelo urbanístico y de vivienda, que facilite el cuidado en la vejez y el final de vida

La segunda lección. No debemos volver a tener una respuesta tan hospitalocentrista, sino reforzar la mermada y desmovilizada AP y otros dispositivos socio-comunitarios, que son el dique de contención para el desbordamiento de los cuidados críticos y juegan un papel central en el control eficaz de la transmisión y en la equidad de salud. 

La tercera es que en la próxima pandemia desde las instituciones se apoyen las cientos de redes vecinales de apoyo mutuo y de cuidado comunitario que fueron tan importantes para cubrir el vacío del retraimiento comunitario institucional antes mencionado. Hay que reforzar los servicios públicos, pero estos tienen que reconocer el valor complementario de las redes vecinales y entrelazar su acción con ellas. 

Durante el confinamiento, comprobamos que no todas las cuarentenas son iguales, como indica esa viñeta de Carlín que tiene a su izquierda. Pero con el cierre de los parques y otros espacios públicos, comprobamos la especial importancia del espacio público para las clases populares, como compensador de las desigualdades espacio privado (vivienda)

Por ello, la cuarta  lección es que debemos aplicar un urbanismo que nos haga más resilientes frente a las pandemias. Así́ por ejemplo, en organizarnos en unidades espaciales básicas que limiten la movilidad de riesgo y maximicen los movimientos que cubren necesidades básicas 

Este modelo de darle valor y de reforzar los recursos y la interacción de proximidad, se aproxima al modelo de “la ciudad de los 15 minutos”, que también es el de la salud comunitaria

Una reflexión final: resistencias y enemigos

Acabaremos con una reflexión final. Cualquier iniciativa de cambio (profesional, institucional, social)  encontrará resistencias al cambio y enemigos del cambio. Es importante distinguirlas. A las resistencias se les aborda y a los enemigos se les combate, siempre teniendo en cuenta el objetivo final.

Y en relación a los enemigos, traigo lo de los cocodrilos de Mahler. No me refiero al compositor, sino a Halfdan Mahler que fue el DG de la OMS durante los proyectos mas innovadores que les he contado, incluido Alma Ata, Ottawa o Ciudades Saludables. Tuvo que enfrentarse a los enemigos de la reforma de la AP, por cierto parecidos a los que mencionada sobre el mutualismo y los servicios comunitarios de principios del siglo XX. Mahler llegó a creer que la APS había fracasado. Por ello, se reprocho el tiempo que había perdido confrontando dialécticamente sus enemigos, sin avanzar más decididamente en el proyecto. 

Dijo: “Vinimos a implantar unos sistemas basados en la atención primaria con el fin de alcanzar la salud para todos en el año 2000 y nos encontramos hundidos hasta el cuello en una ciénaga verbal, luchando contra toda clase de cocodrilos conceptuales dispuestos a devorarnos vivos…”

Por eso dijo aquello de:

“…Una vez me regalaron un pequeño letrero para poner encima de mi escritorio que decía así: “Cuando estés enfangado hasta el cuello con cocodrilos, no olvides que habías venido a desecar la ciénaga” (Halfdan Mahler. Discurso del Director General  de la OMS ante la Asamblea Mundial de la Salud, 6 de mayo de 1986)

¡No nos olvidemos de esto!

Les dejo mi información de contacto y les agradezco la atención prestada 

Eskerrik asko!


[1] Ver: Segura del Pozo, Javier Desigualdades sociales en la salud en el Madrid de principios del siglo XX: El “Plano sanitario demográfico del Dr. Hauser” Salud Pública y algo más, 15 de noviembre de 2009. http://www.madrimasd.org/blogs/salud_publica/2009/11/15/128701

[2] Ver: Segura del Pozo, Javier La mortalidad en los barrios bajos de Madrid (I) 1893-1914 (1ª parte: el mapa de 1905 de Luis Diaz Simón).  Salud Pública y otras dudas. 14 abril 2017. https://saludpublicayotrasdudas.wordpress.com/2017/04/14/la-mortalidad-en-los-barrios-bajos-de-madrid-i-1905-1a-parte-el-mapa-de-1905/

[3] Henry Lefebvre. El derecho a la ciudad. Capital Swing, 2017, 168 pag.

[4] Segura del Pozo, Javier  El movimiento Settlement (3): La era progresista norteamericana (1890-1920), Salud Pública y otras dudas, 4 de julio de 2021, https://saludpublicayotrasdudas.wordpress.com/2021/07/06/el-movimiento-settlement-3-la-era-progresista-norteamericana-1890-1920/

[5] Josemi Benitez. El Bilbao de las Chabolas. El Correo Vasco. 9 diciembre 2029. https://www.elcorreo.com/bizkaia/chabolas-bilbao/casitas-hojalata-20191203162133-nt.html

[6] Como dije en el debate posterior, ante la inevitable melancolía por la frustración del plan, nos queda la esperanza de que algunas de estas “semillas” germinen en otros “campos” institucionalmente mas abonados y cuidados, o en otros tiempos futuros. Y de cualquier forma, estamos seguros que nos han dejado un fértil aprendizaje colectivo para proseguir la ya centenaria batalla entre “individualismo y mutualismo”.


Texto completo de la conferencia en pdf:


[Audio de minuto -41:48 a -25:15] Entrevista que me hizo Begoña Bregel para @radioeuskadi sobre mi conferencia “Ciudades q cuidan a las personas y a las comunidades” en el curso “De la casa a la ciudad” de @MatiaFundazioa @uik_eus: https://t.co/SaO06x0ayv

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